“Viaje al final de la Noche” de Louis Ferdinand Celine
Nadie puede adentrarse en la noche sin temor. Céline lo sabía bien. También Bardamu, su alter ego, que intentó exorcizar los demonios de su hacedor en “Viaje al fin de la noche”.
La noche es la protagonista invisible del libro, la noche oscura del alma que envuelve y la que se entrega gozosamente Bardamu, y la larga noche que cae sobre Europa con el sonido de los sables de junio. Tras el ardiente mediodía napoleónico y la plácida y secular tarde victoriana, se apagan, una a una, las luces de la belle époque y se pone el sol de los viejos y buenos tiempo sobre Europa y sobre el mundo. Bardamu entra en guerra en el mundo decimonónico de los uniformes brillantes y las cargas gloriosas de caballería… y sale de ella en el oscuro siglo veinte de las trincheras, el gas mostaza y los soldados triturados en el engranaje de la Historia.
Céline, Bardamu, adopta la única postura posible frente al horror y se convierte en horror él mismo, bailando con nihilista indiferencia sobre el alambre de espino y las ruinas de la Tierra de Nadie, riendo en la cara de los obuses y la metralla, insultando con crueldad a un mundo que se ha vuelto loco. Nada escapa de las balas de su cinismo, ni los culpables ni los inocentes, ni lo feo ni no bello, ni la virtud ni la podredumbre. Ni, por supuesto, Dios ni el Diablo. En el frente o en la retaguardia, Bardamu, Céline, nunca está lejos de la guerra: en cada calle ve una emboscada, en cada mirada los ojos de su asesino, en cada amanecer la última jornada.
Ya nunca le abandonará la guerra.
En África, en América (aquella América triunfal de rascacielos, héroes de guerra y leche en polvo para el mundo entero) o de regreso en Francia, nunca abandonará la trinchera moral donde lo sepultó la guerra: se recreará en la miseria, en la mugre, viendo la corrupción y el fracaso que anidan en el corazón de la belleza y la paz; viéndolo todo, en fin, como sólo pueden verlo las cuencas vacías de quien dejó su espíritu muerto en los campos de Ypres. Muchos años después, al final de otra guerra, cuando sus carceleros le informaron que le enviaban a Francia para ser ejecutado, el muerto viviente Céline respondió: “Me da lo mismo. Estoy loco.”
Nadie puede adentrarse en la noche sin temor. Nadie puede, tampoco, salir intacto. Así lo aprendió Céline, y así lo revivió para el mundo Bardamu: los largos viajes, la práctica de la medicina, la música y una sucesión interminable de bailarinas no fueron si no un intento de arrojar al olvido aquel momento terrible en que vieron el sol ponerse sobre el siglo.
Otra víctima de aquella guerra, el pintor Otto Dix (uno de aquellos alemanes “educados e inteligentes, que habían cruzado Europa para matarme”, según Bardamu) diría:
“¿Qué es esta guerra? Es barro, trincheras, sangre, ratas, piojos, bombas, dolor, alambre de espinos, carne podrida, gas, muerte, lluvia, ratas, gatos, lágrimas, balas, miedo y la pérdida de la fe en todo en lo que una vez creíste”.
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