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“El rey Cophetua” Julien Gracq
Por Ariodante
Julien Gracq, seudónimo de Louis Poirier (Saint-Florent-le-Vieil, 1910-Angers, 2007) escritor francés, también profesor de Historia y geografía, es el autor de este relato. Gracq, que eligió ese seudónimo por considerarlo estéticamente relevante, conoció a Breton en los años 30 y fue introducido al surrealismo, como también lo fue al Partido Comunista francés, del que abandonó pronto sus filas, en cuanto comprobó las costumbres de Stalin. La fama le llegó con el provocador artículo La litterature à l’estomac, en la que criticaba los premios literarios y la devaluación comercial de la literatura. De hecho, en 1951 rechazó el premio Goncourt que le fue concedido ese año.Relacionado por muchos autores con el surrealismo, aunque en realidad de surrealista sólo tiene el espíritu, en mi opinión. Cercano a Kafka, por una parte, a Buzzati, por otra, a Coetzee, según otros, en fin,…yo diría que es inclasificable, que se parece a sí mismo, que es el mejor elogio que podemos hacerle a un artista.
En el prólogo, Jesús Ferrero nos habla del mito o la leyenda del rey Cophetua, al parecer procedente del folklore sajón, y citado en varias obras de Shakespeare, Tennyson, Hoffmansthal y que inspiró la famosa pintura de Edward Burne-Jones que ilustra la portada del libro. En esencia, se trata de un rey misógino pero que viene a caer perdidamente enamorado de una mendiga, eso sí, bellísima.
Destaca también Ferrero el tema, habitual en Gracq, de la espera. Nada existe sino mi espera- dice el protagonista- De repente, la noche serena es como una puerta que se abre. El protagonista y casi único personaje, acude desde París a una cita con un antiguo amigo músico, en una mansión apartada y rodeada de bosques y naturaleza, cercana al mar, Braye-la-Fôret. Es el día de Todos los Santos, noche propicia para reflexiones e inquietudes, oscuridades y misterios. Pero el amigo no aparece y el anónimo protagonista sólo encuentra una mujer –una mujer, es decir, un interrogante, un puro enigma- misteriosa, envuelta en las sombras de una casa a oscuras tras una fuerte tormenta. El lejano retumbar de bombardeos –la guerra aún no ha terminado- es omnipresente en sus oídos y se mezcla con el rugir de la tormenta o del viento entre la floresta y el mar. La sensaciones del hombre ante esa soledad crepuscular, ese arcano y esa mujer, a la que cree una sirvienta, pero a la vez intuye como una posible amante del amigo, -y aquí interviene el tema Cophetua- le originan un deseo y una atracción irrefrenables. A lo largo de una tarde y una noche de larga e infructuosa espera, emociones, recuerdos, imaginaciones, miedos, deseos y sobre todo, una gran melancolía, impregnan todo el relato, que resulta casi proustiano, en cuanto a su introspección, pero en mi opinión altamente poético, por su lenguaje. También otra idea se puede destacar, una idea que en otras narraciones de Gracq se desarrolla más ampliamente, y es la noción de frontera no tanto física, sino de alguna clase de límite donde el protagonista se ve situado, y más allá del cual las nociones habituales pierden su vigencia, las situaciones se vuelven imprecisas y lo racional se diluye en una vaga y oscura irracionalidad. La edición, como todas las de Nocturna, está cuidadísima, es elegante y delicada. La difícil traducción, impecable.
“La literatura como Bluff” de Julien Graq
En 1949 Gracq estrenó en el teatro Montparnasse su obra “Le roi pêcheur”. La crítica fue muy desfavorable y atacó dura e irónicamente su texto. A esto respondió Gracq con el afilado panfleto “La litterature a l´estomaque” – traducido al castellano como “La literatura como bluff” – desde donde arremetió contra el mundo literario francés, la crítica, los premios, el mal gusto en la literatura, etc. Este escrito es una daga y fue lanzado con rabia, pero no deja de ser un emocionado manifiesto estético por una literatura que moría y sigue muriendo. En su lucha por la libertad y la independencia literaria critica la presión mediática que trata de transformar lo cuantitativo (ventas, firmas, premios, reseñas…) en calidad. Desvela las mil formas que tiene el escritor de mostrarse a sí mismo ocultando su obra, convirtiéndose así en ídolo de los que no leen (el escritor no existe para que lo lean, sino para que hablen de él). Declara la incapacidad de los críticos para mostrarse como “intermediarios elocuentes” entre el autor y los lectores. Denuncia la pasividad acrítica del ocioso lector que busca ser entretenido y convierte a sus proveedores literarios en auténticos matarratos. Para Gracq la literatura “es un aluvión enigmático tamizado por los siglos” y el escritor un pensamiento en busca de forma y tono, que va a lo que le obsesiona de verdad que es causar en su lector “esa sensación de viento en las sienes durante la cual el corazón vacila”. El resto de escribidores sólo serían “unos jockeys del gran premio montados en babosas”. Adiós.







