Curso Pons de inglés/ Francés/Alemán. 2 Libros, 4 CD’S + DVD ( Novedad edición con DVD )

En nuestro interés en mejorar el nivel de inglés de todos nosotros, queremos comentaros que PONS IDIOMAS va a sacar este mes de Marzo una nueva edición de su Curso Completo de autoaprendizaje de inglés, que  hasta ahora contenía dos libros y cuatro cd’s. Esta nueva edición, a parte de los libros y cd’s,  contiene un DVD, al mismo precio que el anterior, 29’90.

El aporte del DVD es más que interesante, un buen añadido. Y todo al mismo precio.

Indicar que esto mismo Pons Idiomas lo va a hacer con los cursos de autoaprendizaje de Francés y Alemán.

 

Share

Reseña:”A merced de la tempestad” Robertson Davies. Libros del Asteroide

Qué suerte tenemos de conocer la obra del canadiense Robertson Davies gracias a la editorial Libros del Asteroide. Conocí a este autor con la primera parte de otra trilogía, la Trilogía de Deptford, “El quinto en discordia”, y simplemente quedé maravillado. Me impresionó no sólo lo bien escrito que estaba, sino también su elegancia, su erudición sin caer en la pedantería sin ser tampoco plomizo, su humor sutil, lo bien que metía el dedo en la llaga en contradiciones que nuestra civilización ni se plantea y metía “pullitas” a más de uno/a con mucha gracia. Aunque sin duda lo mejor son los personajes, lo bien perfilados que están, a los que acabas conociendo por completo, con unos simpatizando, con otros no tanto.

“A merced de la tempestad“, como bien reza la contraportada, es “Fruto de su ( del autor ) larga experiencia teatral, la primera novela que escribió Robertson Davies es un divertido homenaje a las grandezas y miserias de los escenarios y a la vida que revolotea en torno a ellos“.

La novela, escrita en 1951, la primera de Robertson Davies, es completamente deliciosa. Transcurre en la localidad canadiense, ficticia, de Salterton. Es la primera parte de una trilogía que esperemos Libros del Asteroide publique pronto en castellano. Yo las espero con impaciencia. En inglés se titulan “Leaven of malice” y “A mixture of frailities”.

La Trama:

La compañía amateur de teatro, El teatro Joven de Salterton, se dispone a representar “La tempestad” de Shakespeare, una de las comedias shakespearianas, aunque esto no tenga que significar que sea necesariamente humorística. La representación será al aire libre, siendo el emplazamiento elegido el jardín del señor Webster, viudo acaudalado padre de dos hijas que no siente especial parecio por el teatro pero que siente que se debe a su comunidad. Así veremos viendo la selección de personajes para la obra, y como los actores que los encarnan se van endiosando algunos hasta la insoportabilidad. Veremos la cara y la cruz del teatro, con sus risas y lágrimas. Conoceremos a personalidades  eminentes de Salterton, y a ciudad misma, que como pronto nos daremos cuenta, no es Nueva York.

Los Personajes:

La dirección corre a cargo de Valentine Rich, mujer de talento que está de paso por Salterton, la primera que debe darse cuenta que Salterton no es Nueva York; Nellie Forrester, mujer de lágrima fácil que practica muy bien el judo moral; Solly Bridgetower, estudiante en Cambridge, cuya madre también practica muy bien el judo moral, obsesionada con el peligro amarillo ( Japón ) temor sustituido tras la segunda guerra mundial por el peligro rojo. Solly está enamorado de Griselda Webster; Hector Mackilwraith, gris profesor de matemáticas, que todo lo hace con planificación y sentido común metido a actor, enamorado también de Griselda Webster,pese a doblarle la edad; Roger Tasset, auténtico Don Juan, sinvergüenza y guapo, diríase más bien obsesionado con Griselda Webster; Pearl Vambrace, hermosa pero acomplejada, enamorada de Tasset e hija del profesor Vambrace, todo un personaje; Griselda Webster, la deseada. No nos olvidemos de Humphrey Cobbler, músico genial, pobre, alegre, que odia a los críticos, cuyo lema es “pásale el muerto a otro”. Sin entrar en más personajes, mis dos personajes favoritos: Tom, el jardinero y Freddy Webster, niña de catorce años, hermana de Griselda, con más inteligencia que nadie, aficionada a destilar alcohol, que si no se mete a monja, eso dice ella, se casará con Solly.

Los personajes están brutalmente perfilados, observas sus miserias y grandezas. Entiendes sus procederes, sus miedos, obsesiones, esperanzas. Te ayuda a comprednerlos, en sus meteduras de pata, que son bastantes, y no juzgarlos a la ligera. Impresionante. Como lector, es tan ameno e interesante saber de ellos, que igual da que te cuente Robertson los amores de éstos, que sus aficiones más a priori intrascendentes.

El Nudo:

El devenir de la novela, nos muestra los ensayos, los super egos que fluyen en medio de la tempestad, nunca mejor dicho, los amoríos entre ellos, sus peleas, la fuerte personalidad de la directora Valentine Rich que debe manejar la nave para que no se hunda, mientras se da cuenta que no, que efectivamente, Salterton no es Nueva York. Mientras se pegan, se quieren, se destestan, y mi amigo el jardinero Tom sufre por el césped del jardin, vamos viendo como la obra va tomando cuerpo, mientras el nudo se enreda y se enreda. Os aseguro que pura delicia.

El Desenlace:

Si os pensábais que os iba a contar el final estáis muy equivocados. Si diré que la novela es fantástica, dan ganas por supuesto de leer “La tempestad” de Shakespeare, que el humor está siempre ahí ( buenísima la escena donde otro de los personajes, el gracioso, eso cree él, Shortreed, se subió a lomos del caballo de los Webster y sin querer, lo desbocó y lo mató, pobre Old Bill ). Aprendemos de la idiosincrasia de esta localidad canadiense, símbolo de un país, donde Robertson hace referencias a todas las confesiones religiosas, para las que lanza “pullitas” para todas; se acuerda de la democracia a menudo ( pág 43: ” Sé que suena antidemocrático, pero en estos teatros amateurs, además de la democracia, hay que poner el sentido común, ¿verdad?” ), como si no se fiara de la adhesión ai ideario demócrata de sus personajes; se mete con la educación privada, y si nos atenemos al personaje de Hector Mackilwraith, también de la pública, y vemos su no excesivo amor por los adolescentes ( pág 66: ” En general los adolescentes tienen algo de fascistas:admiran a los adultos de de caracter fuerte que no dejan pasar una; aprueban que se pisotee al débil…“)

En fín, una novela de la que he disfrutado enormente y que recomiendo lo mismo que al autor. Si no sabéis que leer, y ya os cansa la llamada literatura de consumo rápido, tanto en su consumo como en su olvido, leer a Davies, y ya me contáis.

Parafrasendo a Shakespeare, en “La tempestad”, Estamos hechos de la misma materia que los sueños”

Share

“EN EL NOMBRE DE ROMA. LOS HOMBRES QUE FORJARON EL IMPERIO” ADRIAN GOLDSWORTHY

Por ARIODANTE

EN EL NOMBRE DE ROMA.

LOS HOMBRES QUE FORJARON EL IMPERIO

ADRIAN GOLDSWORTHY

 

La editorial Ariel ha sacado al mercado En el nombre de Roma, nueva edición de un libro anteriormente publicado bajo otro rótulo —Grandes generales del ejército romano: campañas, estrategias y tácticas (2005)—, del que es autor Adrian Goldsworthy. En esta ocasión, se recupera el título original (la primera edición inglesa es de 2003). Queda enmendado así un lamentable hábito del mundo editorial en España, cual es alterar bruscamente el título original de obras nacidas con un nombre propio. Ahora bien, corregido el error, probablemente se haya generado una confusión: tomar como dos libros distintos aquello que remite a uno solo.

Hecha la necesaria puntualización, pasemos a reseñar este volumen de Goldsworthy, por lo demás, verdaderamente muy meritorio. El nombre del autor no resultará extraño a nadie que esté interesado y mínimamente al corriente de la bibliografía consagrada a la historia de Roma.

Adrian Goldsworthy es historiador británico, nacido en 1969, especializado en el mundo antiguo, y en Roma, muy en particular. Estudió en el St. John’s College de la Universidad de Oxford, donde se doctoró en 1994. Tras haber ejercido en distintos centros educativos, en el momento presente dedica su actividad a la escritura. La producción libresca del autor es amplia y muy notable. Hasta la fecha, han sido traducidos al español: La caída de Cartago: las guerras púnicas (2002), El ejército romano (2005), Grandes generales del ejército romano (2005, ya citado), César: la biografía definitiva (2007), La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente (2009). En 2010, ha sido editado en Inglaterra su último trabajo, Antonio y Cleopatra, obra todavía no vertida al español. En la actualidad, escribe una detallada biografía del emperador Augusto.

En nombre de Roma es una obra destinada a registrar y analizar las gestas militares encabezadas por algunos de los más grandes generales romanos. Basándose para ello en la información directa de sus protagonistas (escasa; Julio César y pocos más narraron sus campañas), pero, sobre todo, en los historiadores clásicos: Plutarco, Tácito, Suetonio. El texto examina con sumo pormenor los éxitos en el campo de batalla y las victorias de las legiones que extendieron el poder de Roma a gran parte del mundo conocido. A lo largo de sus páginas desfilan quince personajes principales: Fabio, Marcelo, Escipión el Africano, Emilio Paulo, Escipión Emiliano, Cayo Mario, Sertorio, Pompeyo el Grande, Julio César, Germánico, Corbulón, Tito, Trajano, Juliano y Belisario.

No oculta Goldsworthy las derrotas de los ejércitos mandados por estos paladines romanos. Ocurre que todavía hoy nos admira comprobar la gran capacidad de la acción militar de Roma, su abrumadora eficacia, basada principalmente en el férreo adiestramiento de las tropas, la cuidada motivación de oficiales y soldados, el esmerado equipamiento en armas y utensilios producto de la ingeniería asociada al arte de la guerra, el control de la intendencia y el avituallamiento de los destacamentos, etcétera.

Pero, por encima de todo, para explicar la apabullante supremacía militar de Roma es preciso atender al papel fundamental desarrollado por los generales. El hecho resulta verdaderamente extraordinario debido a que quienes comandaban las legiones romanas no habían recibido un previo adiestramiento formal que justificase el nombramiento para dirigir los ejércitos ni augurase su potencial destreza. En Roma, no existía nada parecido a las escuelas militares, tal y como las conocemos en épocas más recientes. Los generales de Roma procedían, al menos durante bastante tiempo, de la aristocracia senatorial. Eran senadores y militares, militares y políticos, una circunstancia que conllevó, por otra parte, no pocos disgustos a la continuidad del poder de Roma, al propiciar inacabables guerras civiles.

«La guerra y la política —escribe Goldsworthy— siguieron inseparablemente unidas desde el momento en que no había ningún otro servicio mayor que un líder pudiera hacerle al Estado que el de derrocar a un enemigo en guerra.» (pág. 441). La historia de Roma es, en gran medida, la historia de sus conquistas, de las guerras que emprendieron contra las poderosas naciones que podían suponer una amenaza (Cartago, Persia, Partia), así como contra las tribus locales de aquellos territorios apetecidos por el Senado o el princeps.

El pueblo de Roma —Roma en su conjunto— vibraba ante el éxito de las campañas militares de las legiones. La virtus, el poder y la gloria representaban valores esenciales para una nación orgullosa de ser la dominadora del mundo. Los generales merecían especial reconocimiento y tributo en estas hazañas, aunque no, ya lo hemos dicho, porque fuesen consumados y refinados estrategas. En aquellos tiempos, no se utilizaban apenas mapas, ni se disponía de medios rápidos de transporte y comunicación.

Pero, los generales y comandantes romanos, personalmente o a través de los centuriones y mandos medios, dirigían a sus tropas in situ. Estaban siempre en contacto con ellas, comían del rancho común, dormían sobre similar jergón que el del legionario común. En no pocas ocasiones, cabalgaban en las primeras líneas del frente, comprobando el desarrollo de la batalla o asedio a una ciudad, arengando y animando a los soldados, castigando la indisciplina y la desidia, premiando las acciones heroicas o simplemente arriesgadas. Aun practicando nuevas tácticas militares, la herencia de la épica heroica guerrera no se perdió. Goldsworthy destaca casos ejemplares de oficiales romanos enfrentándose en «combate singular», es decir, cuerpo a cuerpo, con líderes enemigos. Dos emperadores-generales, Marcelo y Juliano, fallecieron, de hecho, en el campo de batalla.

En la bibliografía moderna, los generales romanos han sido considerados, ordinariamente, como simples aficionados, cuando no meros oportunistas en busca de la gloria. Sin olvidar, el empeño de escalar puestos en la jerarquía del poder de Roma, cuando no el utilizar los éxitos militares como vehículo, a veces violento, para hacerse con la corona y la púrpura. No le falta razón a esta creencia. Pero tampoco contiene toda la verdad de los hechos. Los generales romanos no eran genios de la táctica militar, pero a base de experiencia práctica y sentido común, disciplina y respeto a códigos estrictos, coraje y valor, decisión y constancia, lograron poner al mundo a su merced durante siglos. «Roma no paga a traidores», respetar al adversario, no ensañarse en el salvajismo: principios de esta naturaleza no tenían parangón ni correspondencia entre los bárbaros.

Los generales romanos, lucharan por afán de botín, de poder o de gloria, lo hacían en nombre de Roma. A diferencia de las naciones orientales (incluso de Grecia), los comandantes romanos no pactaban con fuerzas extranjeras a fin de ganar posiciones particulares u organizar revueltas en contra el Estado. Cuando luchaban romanos contra romanos (las guerra civiles, según Goldsworthy, fueron la verdadera causa de la caída de Roma), lo hacen en nombre de Roma. Cada uno a su manera. Apelando, primero, a la República. Después, al Imperio.

El declive de las conquistas de Roma, la decadencia del arte militar romano, coincide en el tiempo con el fin del Estado: «En el siglo VI, la forma romana de llevar a cabo la guerra se había vuelto característicamente medieval, con ejércitos relativamente pequeños, un sistema disciplinario muy poco rígido y la prevalencia del saqueo y de otras operaciones a pequeña escala sobre las batallas de mayor calado.» (pág. 443).

A partir del siglo XVI y XVII, los modernos Estados volverán a poner en pie de guerra grandes fuerzas y poderosos medios. Napoleón, por ejemplo, reconoció haber aprendido mucho de las hazañas de César y sus continuadores. Goldsworthy dedica el último capítulo del libro a estas consideraciones. Pero ésa es otra historia.

 

Ariodante

Marzo 2011

 

Título: EN EL NOMBRE DE ROMA

Autor: Adrian Goldsworthy

Traducció:  Ignacio Hierro

Editorial Ariel

Páginas: 472

Formato: Rústica, 14,5 x 23 cm

ISBN: 978-84-344-6929-7

Fecha edición: Junio de 2010

Género: ensayo histórico

Share

“GUERRA EN LA RED. LOS NUEVOS CAMPOS DE BATALLA” de RICHARD A. CLARKE

Por ARIODANTE

Traducción de Luis Alfonso Noriega
Ed. Ariel, 2011
367 páginas.
ISBN: 978-84-344-6960-0
Género: ensayo

De reciente publicación en EE UU, acaba de editarse en España este libro, Guerra en red, que promete no menos polémica que la suscitada a raíz del anterior trabajo mencionado. A medio camino entre un volumen de memorias, un ensayo histórico y un relato periodístico, en el presente texto, Clarke hace públicas sus consideraciones sobre los peligros que acechan a la seguridad en Estados Unidos, denunciando la poca preocupación que, a su juicio, han prestado al asunto las respectivas administraciones en el poder. Aunque firmado en colaboración con Robert K. Knake (corresponsal de asuntos internacionales en el Council Of Foreign Relations), el libro está escrito en primera persona, lo que da una idea formal del grado de protagonismo del autor. Para algunos de sus críticos, en realidad, un afán de protagonismo, cuando no de exhibicionismo y presuntuosidad.

Richard Alan Clarke (Boston, 1950) ha sido alto funcionario de la Administración norteamericana, donde ha ejercido como responsable de seguridad bajo cuatro presidencias de Estados Unidos de América (Ronald Reagan, George Bush, Bill Clinton y George W. Bush), a lo largo de 30 años, de 1973 a 2003. Bajo los respectivos mandatos, ha ocupado diferentes destinos en la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono, por lo general, relacionados con el ámbito de la inteligencia y la seguridad. Este flamante currículo hace del autor un probado experto en la materia de su especialidad, lo cual no es óbice para que deje a su paso notorias polémicas, tanto por lo que se refiere a su gestión cuanto, especialmente, a su labor publicista. De hecho, fue el encargado de la oficina antiterrorista de los Estados Unidos durante los atentados del 11 de septiembre de 2001. Experiencia tan traumática la verbalizó en el ensayo Contra los enemigos, publicado en España en 2004, texto que provocó un intenso debate. Clarke sostiene allí, a propósito de la lucha antiterrorista, que, por ejemplo, se exageró la participación de Al Qaeda y Osama bin Laden en los atentados del 11-S, razón por la cual se opuso a ciertas iniciativas contraterroristas impulsadas por la Administración de George W. Bush, como la intervención en Afganistán e Irak. Justamente, esta discrepancia provocó su salida del círculo de poder de la Casa Blanca en 2003.

Internet fue concebida en la década de los 60 del siglo XX como vehículo de comunicación entre universidades, diseñada para ser utilizada por algunas pocas miles de personas, pero no para miles de millones de anónimos usuarios, desconocidos entre sí, y que no tienen por qué confiar unos en otros. Las redes sociales (como Facebook), de gran impacto en nuestros días, surgieron de modo bastante semejante. La actual empresa AT&T fue la primera compañía de telecomunicaciones que sacó fuera de los ámbitos originarios el uso de la nueva tecnología para navegar por la Red, extendiéndola a las corporaciones y el consumo privado en los domicilios. En el momento presente, raro es el uso de información y la gestión de cualquier tipo que no dependa de Internet. El ámbito humano de comunicación es, cada día más, ciberespacio.

El ciberespacio lo conforman todas las redes informáticas del mundo, conectadas y controladas entre sí. Comprende Internet, pero también las redes transaccionales a través de las cuales fluyen datos y dinero, negocios con valores y operaciones con tarjetas de crédito. La conexión conduce, por tanto, casi sin remedio a la interconexión. Hoy, por ejemplo, la mayoría de ascensores y fotocopiadoras de usos convencionales incorporan microordenadores conectados con terminales relacionadas con los servicios de fabricación y mantenimiento de los productos. Muchas de estas prestaciones vienen ya incluidas en las nuevas contrataciones de los mismos. No hay, en principio, gran problema cuando las cosas funcionan como uno espera o desea. Sencillamente, regalas información a no sabes quién. En ocasiones, información sensible o relevante. Las trituradoras de papel en las oficinas, que destruyen documentos confidenciales o privados, pueden incluir parecidos dispositivos. De fábrica o añadidos posteriormente por tampoco sabemos quién.

El dominio y la omnipotencia de la informatización en las sociedades conllevan determinados efectos que no pueden ignorarse. Un sencillo colapso o incidente paraliza abruptamente los protocolos básicos de actuación. Ante una ventanilla de las administraciones públicas o en una oficina de la empresa privada, si el sistema informático se bloquea o las interconexiones se colapsan, vuelva usted mañana. Esto por lo que tiene que ver con fallos circunstanciales no provocados intencionalmente. ¿Qué ocurre cuando tras la incidencia está la mano del cibercrimen o el ciberterrorismo? ¿Y qué decir de la «ciberguerra»?

¿Cómo definir la guerra en la red? Respuesta de Clarke: «aquellas acciones realizadas por un Estado-nación con el fin de penetrar los ordenadores o las redes de otra nación y el propósito de causar daños o perturbar su adecuado funcionamiento.» (pág. 23). No hablamos de ciencia-ficción. El primer capítulo del libro refiere casos reales acontecidos en los últimos años: las sospechas de que Israel ejecutara un asalto cibernético en una planta nuclear en Siria; otro, un ataque de Rusia sobre Georgia que bloqueó sus sistemas informáticos; uno más, en fin, proveniente de Corea del Norte que perturbó las operaciones en EE UU y en Corea del Sur. Hay sospechas de más hechos sucedidos, pero la mayoría no han sido hechos públicos.

A resultas de estas circunstancias, los conceptos mismos de «guerra» y «conflicto bélico» han sido trastornados. En nuestros días, el poderío militar de un Estado ya no depende básicamente del número de tropas o del armamento de que se disponga. De poco le serviría a una superpotencia, si Estados-nación pequeños (también, los denominados «canallas») o, simplemente, grupos organizados de «ciberguerreros» interfiriesen, por medio de ataques organizados, los servicios básicos, como la red eléctrica del país. Esto es lo que se denomina «guerra asimétrica», que cambiaría radicalmente el actual equilibrio geoestratégico de defensa.

Sobre el diagnóstico del asunto no hay demasiada discusión, al margen de identificar la auténtica o exagerada gravedad del problema. La controversia gira sobre las medidas que deben tomarse a fin de reforzar la seguridad de las democracias. Estamos, en consecuencia, ante el clásico conflicto político e ideológico acerca de la prevalencia de la libertad o la seguridad. Richard Clarke patrocina que lo segundo prime sobre lo primero. Funcionario de profesión y vocación, al fin y a la postre, lamenta que Internet siga sin tener control gubernamental, defiende sin reservas una mayor intervención y regulación del Gobierno sobre las empresas privadas, a las que habría, a su juicio, que imponer protocolos de seguridad y actuación, no importa su dimensión ni su coste. La Administración, por tanto, tendría bajo control no sólo las propias áreas públicas que la Constitución le reconoce, sino hasta las privadas, con derecho a actuar en su gestión. Todo ello, siempre, en nombre de la seguridad nacional.

La propuesta de Clarke de constituir un Cibermando, que regule y coordine el resto de organismos responsables de temas de seguridad, a las órdenes de un «ciberzar» (¿quién sería el designado para tal plenipotenciario ciberpuesto?) no ha tenido acogida en los gobiernos republicanos norteamericanos. Por lo que parece, incluso la actual administración demócrata, comandada por Barack Obama, advierte demasiadas intromisiones en el ámbito de la libre empresa, los derechos civiles y la privacidad como para admitir las advertencias del veterano de guerra (en la red). La prueba de que el autor no se ha rendido queda patente en el lanzamiento del presente volumen.

Ariodante
Marzo 2011

Share

“Los Radley” de Matt Haig

Cuando vi la portada y la contraportada que Mondadori ha preparado para este libro (especialmente las notas de la cubierta posterior), toda la apariencia fue de tener entre las manos una parodia del género vampírico.
Nada más lejos de la realidad.
En mi caso, la confusión de esa apariencia externa se sumó a la experiencia de haber leído el “Carpe Jugulum” de Terry Pratchett. Así que me dispuse para una buena ración de humor negro inglés sobre los famosos chupasangre. Al llegar a la página 30, ya tenía claro que me había equivocado por completo el género de la obra. Pero una vez comenzado, quería conocer el desenlace de su trama.
¿Cuál es, entonces, la naturaleza de “Los Radley”? Pues se trata más bien de una novela negra en la que los protagonistas son los mismos asesinos. Un trasunto (lejano) de una familia de mafiosos en medio de la campiña inglesa que deben enfrentar las consecuencias de sus pecados pasados.
La trama comienza por la presentación de los cuatro miembros que conforman la familia Radley: Peter, el padre; Helen, la madre; Rowan, el hijo mayor y Clara, la hija. Cada personaje monopoliza capítulos de no más de seis páginas, mediante los cuales se muestra la red de relaciones amor-odio que rodean a cada uno de ellos. Así descubrimos la profunda crisis matrimonial de los padres, el sufrimiento del hijo maltratado por otros alumnos y el extraño malestar que acosa a Clara, vegetariana defensora de los animales. Hasta llegar al punto en que uno de los retoños Radley descubre de un modo sangriento cuál es el secreto que se les ha estado ocultando desde la infancia.
Las 300 páginas posteriores se leen velozmente gracias a la prosa de Haig, sustentado en la tensión del despertar de la sed de sangre (contra la que los padres han luchado durante años, ya que Matt Haig imagina a vampiros capaces de sobrevivir como abstemios), y por el temor a que se descubra el crimen cometido.
Tensión que se centra en Will Radley, hermano del padre y un vampiro que actúa con la instintiva simpleza de un gran depredador. Sólo que sus correrías no son tan fáciles de ocultar en este siglo XXI, y la policía además de tener pruebas contra él querría eliminarlo. Su llegada a la casa de los Radley no sólo exacerbará la tensión en el matrimonio (descubriendo el secreto que Helen le ha estado ocultando a Peter) si no que se convertirá en el espejo en que los padres no desean que se miren sus hijos. Porque Clara y Rowan ocultan un bagaje de odio y represión al que su identidad vampírica parece capaz de darles todas las soluciones. Aunque, eso sí, los conflictos planteados bien podrían sustentar soluciones con mayor intensidad emocional. La crisis matrimonial bien podría estar copiada de cualquier teleserie americana, incluidos algunos de los gags de la vecina que intenta seducir al padre de familia. Will Radley es un depredador que rompe las reglas del anonimato sólo por recuperar el disfrute de la caza (y ese hastío permite al autor justificar, en parte, el comportamiento final del personaje). Clara tiene un primer momento de brillantez que augura su probable seducción por el apetito de la sangre, el cual se diluye sin más (en aras del Happy End, me temo). Rowan obtiene mayor protagonismo al entrelazar los abusos que sufre en el colegio con la trama paterna, pero acaba controlando su instinto (esquivando el conflicto) con la misma facilidad que su hermana. E incluso la presencia de una sombra vengadora, proveniente del pasado de Will, se resuelve de forma bastante neutral.
En resumen el libro se concentra en el dilema de enfrentarse a la naturaleza de cada uno, aprendiendo a controlar sus monstruos internos, a conocerse y aceptarse. Pero no será raro si los paladares literarios más exquisitos quedan insatisfechos por un desenlace que no aprovecha las oportunidades existentes para explorar salidas menos apacibles.

http://parrafosperturbados.blogspot.com/

Share