“Luz virtual” William Gibson
Como dice “Goremanía” de Jesús Palacios - uno de los libros de cine más divertidos que se hicieron es España en los años 90, y por cierto, ¿para cuándo la tercera parte, mister Palacios?-: ” Cyberpunk: denominación creada a mediados de los 80′ por el escritor, antologista y actor Gardner Dozois para agrupar a un puñado de jóvenes escritores de San Francisco, con el denominador común de unas raices procedentes de los 60′ y de Philip K. Dick y la preocupación por temas como la realidad virtual y los ordenadores, pero también por la biomecánica, la experimentación genética, las mutaciones y la nueva carne“.
Añadiría, si se me permite la desfachatez o el morro, que las novelas cyberpunk, de las que el hoy sexagenario William Gibson es hoy uno de sus máximos exponentes, suelen describir un futuro hipertecnológico, hiperpoblado, hipercontaminado e hiperglobalizado, donde las empresas, con sus sangrientas tramas de espionaje industrial, son las dueñas del planeta y el capitalismo más salvaje campa a sus anchas. Es decir, que la realidad se va pareciendo progresivamente a uno de estos libros.
Unas visiones nada optimistas y sí críticas con la sociedad y el ser humano ( de ahí el termino “Punk”) que retratan un mundo donde el sincretismo religioso hace furor. No le hacían ascos a la acción violenta y hacían gala de influencias del “manga” y del “anime” nipón antes que se pusiesen de moda.
Estos escritores solían carecer de las veleidades religiosas de K. Dick y lo más cyberpunk del embrionario novelista fallecido en 1982 es, irónicamente, el famoso film “Bladerunner“, una película adelantada a su época y a la propia denominación. Otros films cyberpunk serían las dos “Ghost in the shell” de Mamoru Oshii o la fundacional “Akira” de Katsuhiro Otomo, uno de los padres, otra ironía, del “steampunk”.
Inventor del término cyberespacio y casi un revolucionario en su campo, el nombre de William Gibson se suele poner al lado de otros visionarios como H. R. Giger o el gurú del LSD Timothy Leary. De hecho en “Luz virtual” se incluye un simpático homenaje en forma de tatuaje al primero y el segundo era un admirador del escritor norteamericano que cultivó un género donde destacan otros escritores como Bruce Sterling.
Con la trilogía compuesta por la rupturista “Neuromante”, la poderosa “Conde cero” y “mona lisa acelerada“, Gibson redefinió la ciencia ficción modernizándola a pasos agigantados sin dejar de tener un lado sucio y sórdido que no tiene nada que ver con las visiones épicas o infantiles que proliferan en el género. Género que innovó no sólo por los contenidos sino también por un lenguaje ultramoderno, muy visual y rompedor.
Estas novelas y el robusto volumen de relatos “Quemando cromo”, son un pilar básico de su obra. A este último pertenece “Johnny mnemonic”, un memorable cuento considerado la esencia del movimiento, y que con un guión del propio Gibson dio lugar a una película decepcionante e irrelevante, a cargo de Robert Longo y con un Keanu Reeves pre-NEO. De dicho libro salió también la flojísima y estirada, respecto a su muy superior base literaria “New Rose Hotel”, de un decadente Abel Ferrara.
Gibson no ha tenido suerte en el cine y muchos nos quedamos con las ganas de ver su gioón para “Alien III” que le rechazaron. Su espíritu persiste en films como el primer y antológico “Matrix” que debe mucho de su mundo ( y también de los mencionados K. Dick y Giger, el cine de artes marciales, los cómics de Frank Miller con “Sin city” a la cabez y un largo y estimulante etc..)
“Luz virtual” es una novela típica de Gibson. Escrita en 1993 y ambientada en un hipotético 2005 es un libro que vale, ante todo, por su rica iconografía y las descripciones de ese mundo multicultural y a la vez decadente, donde proliferan los nuevos cultos como setas, más que por los fríos personajes o una trama, más convencional de lo que aparenta.
No es de lo mejor de Gibson y hoy día ya no resulta tan trangresor, pero su inventivo lenguaje, el ritmo trepidante propio de su autor, la imaginación, observación y cuidado por los detalles, la visión distópica de la tierra y su habitual barroquismo, conforman una novela estimable que se remonta por encima de una narrativa coral y algo dispersa, y puede servir perfectamente como introducción en el fascinante mundo de su singular creador, alguien que utilizaba palabras como realidad virtual o internet cuando a la mayoría le sonaban a marciano
VEXILLE
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