22 Jun 2010

“La quimera del oro”de Jack London

por  J.J. Holden    

Este ejemplar que he leído es, al parecer, una recopilación de cuentos escogidos de los volúmenes originales del autor. Publicado por Ediciones Generales Anaya en 1981  – ahora es conseguible en Anaya, colección “Tus libros” -y que tienen como tema común la búsqueda del oro, convertida en auténtica fiebre, que tuvo lugar a finales del siglo XIX y principios del XX en Alaska, la última frontera una vez conquistado, colonizado, el oeste.

El libro, con ilustraciones de Justo Bardoza, y un esclarecedor apéndice de Francisco Cabezas Coca, está clasificado  como literatura juvenil, y lo cierto es que el  London no tiene mucho que ver con esta etiqueta, al menos tal y como se entiende hoy día el término.

London, como aventurero que fue, también busco Oro en Alaska, y esto más su experiencia como periodista, son las principales bases para los trece cuentos, de un nivel general alto, que aqui se incluyen.

Más que por el reportaje que es “Los buscadores de Oro del norte” de valor principalmente sociológico o histórico, el libro vale la pena por joyas fascinantes como “La hoguera”, el tremebundo “El burlado”, “El filón de oro”, o el darwinista, radical y despojado de toda esperanza y romanticismo superfluo, “Ley de vida”.

Los héroes de London son gente con una idea fija, la de hacerse ricos, que se convierte en una obsesión en su afán de encontrar su propio ELDORADO. Estos hombres llegados de la civilización chocan brutalmente con la realidad y con su propia condición humana.

La naturaleza de Alaska, la auténtica protagonista del libro, descrita con tanto esmero como efectividad por un London que crea atmósferas únicas, es tan salvajemente hermosa como despiadada. Los que osan explorar sus tierras se las ven con inmensidades vacías interminables. Un silencio perpetuo y enloquecedor. Frío extremo, carencia de recursos,etc…Unas condiciones tan crueles que se traducen en hambre, congelamiento, locura. Un entorno hostil, ominoso, que contempla con total indiferencia las vidas que luchan por sobrevivir en unos parajes desolados. Como se dice en “Ley de vida”, la vida humana no es más que una efímera nube, algo que en sí tiene escaso valor ante el mundo, ante un cosmos a lo sumo burlón  – si no indiferente -con los microbios  que moran bako las perpétuas y frías estrellas.

En estas circunstancias el hombre Londoniano involuciona hacia sus antepasados de las cavernas, se ve reducido a un salvaje con un fuerte, visceral instinto de supervivencia que lucha denodadamente contra lo que le rodea, con tal de seguir respirando. o con tal de hacerse rico, aunque cada uno tiene sus propios límites. En ese sentido “Amor a la vida”, de equívoco título, es un cuento tan cruel como sobrecogedor.

Si a estas condiciones le sumamos la intrínseca maldad humana, hay cuentos como “En un país lejano” o “Diablo”, donde los hombres sacan su lado más primitivo y violento, para enfrentarse los unos con los otros o i ncluso con los animales. Es un universo de depredadores y de locos paranóicos donde sus costumbres civilizadas saltan en pedazos como en “Lo inesperado” o los ya mencionados “El burlado” o “El filón de oro”.

En algunos relatos asoman las ideas darwinistas del autor, en otros parece haber un leve sentido del humor o una ironía que hacen que, por ejemplo, “Demasiado Oro”, sea más ligero que los brutales cuentos que componen este libro. Unos cuentos sumamente tensos, donde London demuestra su talento como narrador en historias llevadas a sus últimas consecuencias, y escritas con dinamismo y a la vez con una descripciones adecuadamente meticulososas.

Llama la atención cómo en “El filón de Oro” London describe un pequeño paraíso terrenal que poco o nada tiene que ver con el resto del libro, y cómo el hombre aparece definido como un instruso destructor que origina caos y violencia rompiendo la paz del lugar, algo premonitorio de la presencia del ser humano en todo el globo. Se supone que la siguiente frontera a conquistar es el Espacio. Ya me imagino dentro de varios centenares de años, todo el universo contaminado, repleto de chatarra espacial y con urbanizaciones hasta en el último rincón de Plutón.

Y eso es el “progreso”

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