“La aventura equinoccial de Lope de Aguirre” Ramón J. Sender

Como tantos otros escritores y gente de valía, Ramón J. Sender tuvo que emigrar de España tras la guerra civil, y esta novela, escrita en el exilio, habla de otra ( pequeña ) guerra civil que tuvo lugar en el siglo XVI lejos de nuestras actuales fronteras, pero que en el fondo, se asemeja mucho, demasiado, a la del siglo XX.

En 1560, en el marco de la expedición al mítico y funesto El Dorado, supuestamente localizado en el Amazonas, Lope de Aguirre encabezó una cruenta rebelión contra Felipe II, con el objetivo de arrebatarle el Perú, escenario, décadas antes con los hermanos Pizarro, de salvajes contiendas entre españoles.

El Dorado y Lope de Aguirre han dado pie a otros libros y films, como “El dorado” de Carlos Saura o “Aguirre, la cólera de Dios” de Werner Herzog. Esta película realizada después de la novela de Sender, no es una adaptación de ésta y discurre por cauces narrativos distintos, pero tiene también muchas similitudes.

Leyendo el libro con ese personaje tan paranoico, sanguinario, ingenioso y con ciertas cualidades humanistas positivas tras su fachada bestial, alguien al que el famoso apodo de “loco” le encajaba a la perfección, uno entiende la fascinación que Herzog sentía por Aguirre, porque es alguien típico en sus historias: un loco, un soñador obsesionado con conquistas imposibles que desafía a todo lo que le rodea, a sus semejantes, a la naturaleza y al universo entero, para alcanzar sus poco realistas objetivos.

Herzog, que no hace mucho publicó “La conquista de lo inutil“, sobre el rodaje de “Fitzcarraldo” ( otra historia de un visionario en busca de su particular santo grial ), rodaje que, como muchos de su director, acabó fusionándose con la ficción, le dio el papel a su actor fetiche, el famoso chalado Klaus Kinski, y si bien fisicamente con sus rasgos germánicos, no tiene que ver con el barbudo personaje de Sender, en esencia fue una elección más que adecuada, y continuamente se me ha aparecido el histérico y malévolo rastro del actor alemán leyendo estas, muchas veces, memorables páginas.

La expedición de El Dorado se enfrenta con los indios y con una naturaleza inóspita, magistralmente retratada por Sender ( casi me pareció oir el golpeteo de la lluvia contra los árboles y el rugido de las bestias ), pero ante todo, se enfrentan entre sí con saña y con una crueldad inaudita, donde la vileza, la inquina, la delación y la arrogante ostentación de los españoles a la hora de cortarse mutuamente el cuello, alcanza niveles surrealistas, con el monstruoso Aguirre a la cabeza. (recuérdese  ¡¡El hombre que tiran a las pirañas!! )

La novela tiene sus altibajos y el empleo de un castellano antiguo en cartas y actas, es algo plomizo, pero en conjunto es una obra sólida, robusta, que describe muy bien la peculiar mente de un personaje singular, Aguirre, con su muy personal sentido del honor, con unos diálogos, en su mayoría – con su laconismo lapidario y aspereza – para enmarcar, y sirve tanto como una buena crónica novelada de los hechos históricos como de fiel retrato de esa tremenda mala leche y oscuridad que estalla en forma de violencia salvaje, que los aquellos españoles llevaban dentro y que de manera inevitable parece ha ido siendo transmitida de generación en generación, y hemos ido llevando.

Es la historia de unos hombres ávidos de poder, títulos y apariencias. Y como siempre, tratándose de tragedias de este país, la iglesia católica no podía faltar y anda en medio de todo el conflicto.

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