“En defensa de los ociosos” de Robert L. Stevenson

Cuando me adentré en este breve libro, pensaba que iba a encontrarme un texto irónico sarcástico, estilo Thomas de Quincey cuando habla del “Asesinato como una de las bellas artes“, sobre aquéllos que en el trabajo se pierden y zanganean, alegando tretas de todo tipo mientras los demás se dejan la piel. Pues no van por ahí los tiros. A lo sumo eso podría ser una consecuencia de lo narrado por Stevenson, personaje que ha pasado a la historia como el autor de la inolvidable “La isla del tesoro”.

Stevenson ya en su época,  siglo XIX, lo tenía claro, como luego tantos otros – se me ocurre Thomas Bernhard, “El origen”-. La escuela no es el mejor lugar para que un niño desarrolle su inteligencia. Más aún, en esta institución, se echará a perder, se acartonará. Más se aprende en una aventura infantil, lejos de las aulas, lejos de los rígidos corsés educativos, donde el niño despertará su inteligencia y aprenderá sin duda buen número de cosas. Y sobre todo estrá contento, feliz y con buen ánimo para absorber conocimientos. La escuela debería parecerse más a la vida, – como sí lo son los libros -que diera herramientas para una mayor autonomía.

Una vez el niño hecho adulto, ese niño que no pudo desarrollar libremente su imaginación, seguirá el llamado camino “correcto”. Considerará la ociosidad como el peor de los males. Dificilmente será feliz. El trabajo le absorberá por completo. En el mejor de los casos, si le funcionan las cosas, ganará dinero, pero también será arisco, malhumorado, “con los nervios continuamente destrozados”, olvidando que la felicidad se obtiene por otras vías.

Más aún. Debido a esa desafortunada educación, que se repite desde los tiempos de Stevenson, y que ya venía de antes, sólo sabremos apreciar los actos de otras personas si éstos han provocado gran esfuerzo a nuestros congeneres, sólo si vienen poco menos que tras sangre y lágrimas. No serán aceptados sino los actos de los demás que vengan acompañados de sacrificio y dolor. Como si no se pudiera hacer las cosas de buena gana, disfrutando, sin dejarse un brazo o un ojo.

Stevenson nació en una familia burguesa y sin duda estas enseñanzas van dirigidas a niños  minimamente acomodados. Para niños de clases sociales menos favorecidas, la escuela se me antoja imprescindible. Aún con sus defectos. Y más en los tiempos en el que este libro fue escrito.

“En defensa de los ociosos” es un ensayo breve, editado por gadir, tal vez los siete euros sean muchos euros para tan pocas páginas, pero es un ensayo bonito, un canto a la naturaleza, a perderse y aprender en ella, disfrutarla, que para aprender ríos, afluentes y capitales de países, ya habrá tiempo.

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