“El quinto en discordia” Robertson Davies

“Dios es sutil, pero no cruel” (Albert Einstein)

Hace mucho tiempo que tengo dentro la dicha de la lectura. No me recuerdo sin tener alguna lectura entre manos. Sin embargo, leer “El quinto en discordia”, del canadiense Robertson Davies, me ha hecho sentir una especie   de re-despertar lector, – he sentido lo mismo que cuando leí “El nombre de la rosa”, o como cuando conocí a Thomas Bernhard, Heinrich Böll y Joseph Roth -como si lo que hubiera leído recientemente no fuera sino algo menor, y por dios, que no lo era, sino en comparación con esta novela, grandiosa e inconmensurable. Creo que dejo claro que me ha maravillado y que nadie debería de perder la ocasión de disfrutar con ella.

Es la historia de un personaje sin igual, Dunstable ( Dunstan ) Ramsay. En toda historia que se precie, hay un villano y un heroe, con sus correspondientes “villanas” y heroinas que siempre deben ir de la mano. Pero en medio debe haber alguien, aislado y sólo, inteligente, sensato,un justo contrapunto a los “malos y buenos” de cada drama, imprescindible para el devenir de lo ralatado. Esta figura es conocida como la del “Quinto en discordia“. Este es Dunstan. Su historia, y la de la población que lo vio nacer, Deptford, en Canadá ( no en vano esta es la primera parte de la Trilogía de Deptford ) así como la de el siglo XX, con todos sus vaivenes. Ramsay, de familia ni humilde ni poderosa, ( su padre editaba un periódico local  ) presbiteriana, en una localidad donde convivían con baptistas e incluso católicos. Y justo citando al pastor baptista, Amasa Dempster, llegamos al quid de la historia. No por él, sino por su esposa Mary.

Otro personaje antológico es Percy Boyd ( Boy ) Staunton. Boy,  se cambió el nombre, parece sacado de los relatos de Scott Fitzgerald, hombre que encarna su era, su década, los años del Jazz. Ambicioso, talentoso, olvidadizo con su pasado, realmente fiel con ciertas cosas, un sinvergüenza con otras. Pasen y descúbranlo.

Sólo digo una cosa: de pequeños Percy y Dunstable jugaban lanzándose bolas de nieve. Una bola lanzada por el primero, dio de lleno a la joven y frágil esposa del pastor baptista, sin que ella reparara en el autor de tal fechoría, chiquillada, bolazo dirigido a nuestro gran (anti ) héroe. Este es un hecho, aparentemente anecdótico, es realmente decisivo.

A partir de este lance, se forma la historia aquí contada, de la mano de Dunstan, que también se cambió el nombre. Contada al director de la institución educativa en la que prestó servicios toda su vida antes de jubilarse. La I guerra mundial, la epidemia de peste que asoló Deptford, los locos años 20, el crack del 29…Todo eso conocemos en profundidad gracias a Robertson Davies y a quien quizás sea su alter ego, el entrañable Dunstan, quien volvió herido de la guerra, herido y condecorado con la Cruz Victoria – la gente necesita siempre héroes -. Se hizo profesor y un apasionado de los santos, curioso para un protestante. Acomodado en el plano económico gracias a los soplos de inversiones que recibía de Boy, y sin cargas familiares, permanece soltero – otra gran historia por lo que merece la pena leer el libro -, gusta de viajar por Europa buscando estos santos. Conocemos aquí santos, reliquias, sitios pacíficos donde no mucho tiempo atrás hubo, guerra. Nos habla del dinero, la real y única ideología que parecemos profesar. Nos habla de los “talentosos” a la hora de hacer dinero, seres que no le dan importancia a ese “talento”, tal vez innato. Simplemente atraen el dinero. Seres no tan talentosos en todo lo demás, pero siéndolo en eso, ¿ a quién le importa cualquier otra cosa?, encantadores de serpientes o herederos de encantadores de serpientes que hacen del mundo una mediocre selva con el único objetivo de conseguir dinero ( y eso da poder ). Pero eso no es todo amigos: conoceremos un Circo, a un gran mago relacionado con Deptford, y a los bolandistas, jesuitas, dedicados a la recopilación de cualquier dato relacionado con los santos. Y Dunstan es un experto en esto.

El relato es de una erudición increible, pero contado con sencillez, accesible. Lo que más me ha gustado son las páginas donde nuestro heroe, toma contacto con los citados bolandistas, y con un jusuita en particular, el español Ignacio Blazón, hombre peculiar, sin pelos en la lengua, como un torrente, de aspecto poco corriente,  personaje no excesivamente bien mirado por la Orden pero respetado al mismo tiempo. Éste, entabla una conversación de lo más fascinante con Dunstan. A veces creemos que Dios es cruel, pero parece que no, que simplemente es sutil, demasiado para nuestros oídos, que nos susurra cosas, nos da pistas para solucionar nuestras encrucijadas personales,  que no somos capaces de entender. ¿Cristo? Blazón se pregunta que si vuelve a la tierra – pese a que cree que posiblemente nunca se haya  ido- quien nos asegura que no haga lo que la otra vez, que un día tire a los mercaderes del templo y al día siguiente se codee con ellos. ¿Dios? Hay que buscar un dios que nos ayude a hacernos mayores. La gente contruye a un Dios a su imagen y semejanza, y luego lo abandonan cuando  éste no está a la altura. ¿Cómo podría estarlo?

Son unas páginas fascinantes, como el libro, como el final, como todo. En ese circo que nos devuelve a todos al lugar de donde nunca quisimos irnos. Todos tenemos nuestro Deptford particular.

Quisiera pedir un favor a los lectores de esta reseña. La segunda parte de esta trilogía me da miedo leerla. En esta el protagonista es David, el hijo de Boy. No diré nada para no desvelar nada sobre su padre, con el que acaba la primera entrega. La contraportada de la editorial Asteroide es de lo más sugerente y dan ganas de acometer la lectura, pero, tengo miedo de acabar con la magia de lo leído. Tanto me ha gustado que tengo miedo que al leer la segunda me decepcione y me haga perder este gran sabor de boca que ahora tengo. El favor que os pido es que si alguien leyó las sucesivas partes, que me ( nos ) informe sobre si sabe seguir la misma linea. Yo creo que sí, tengo esa corazonada, tiene toda la pinta.

Nada me gustaría más

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