“El proceso” de Franz Kafka
El termino Kafkiano ha sido incorporado a nuestro idioma como sinónimo de algo surrealista, lleno de arbitrariedad que cae de lleno sobre un individuo que ni siquiera sabe que le está sucediendo ni por qué.
Esto se podría aplicar a toda la obra de Kafka, atormentado por todo lo que le rodeaba, desde sus padres, a la sociedad checa de inicios de S.XX. Posiblemente la obra que más se acerque a esta definición es “el proceso”.
Un individuo, Joseph K., recibe la comunicación de que ha cometido un delito y que será juzgado. Pero ni se le dice de qué se le acusa, siquiera se le detiene, tampoco se le juzga, simplemente vive en una total oscuridad respecto de su caso. No sabe si el proceso sigue en pie, si está concluido o qué diantres ocurre, y él mismo buscará en las mazmorras del sistema jurídico que alguien le diga algo, con lamentables resultados. Todo parece ser un juego que sólo nos tomamos en serio cuando nuestro pellejo está en juego, que es justo cuando los demás menos serios se ponen. Las escenas, de un poderoso toque hilarante, se irán sucediendo sin parar.
Obra claustrofóbica, que pone al individuo en su real situación en la vida, desamparado ante otros de su especie, obligado a jugar un juego sin reglas ni normas, una eterna función de teatro, en la que a veces somos verdugos, jueces y en las más, victimas.
Hay un par de versiones cinematográficas. La más célebre con Anthony Perkins
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