“El pintor de batallas” de Arturo Pérez-Reverte
por invitado
Una de las novelas más personales, difíciles y oscuras de Pérez-Reverte, si no la que más. El enfrentamiento dialéctico entre un retirado corresponsal de guerra reconvertido a pintor y un veterano de guerra croata dispuesto a matarlo es la base para un viaje por la crueldad y oscuridad del ser humano, un intento de descifrar las causas de la violencia inherentes a éste, y que le ha acompañado y le acompañará en mayor o menor medida siempre, por mucho que algunos bienpensantes o gente metida en movimientos new age, y que de tan ciegos e ignorantes llegan a resultar patéticos y peligrosos, digan lo contrario.
La violencia, la guerra, es como el aire – contaminado – que respiramos o el amor del que somos capaces. Amor que cuando se siente por una bandera, una religión, una raza, por los beneficios económicos o de manera posesiva por otro ser humano, acaba volviéndose odio y miedo. Odio y miedo hacia el otro. Hacia el diferente, hacia el que no piensa igual. Odio y miedo que impulsan a la violencia o a otras expresiones de vileza como la marginación, la censura o el rechazo.
Sustentada en los memorables diálogos de los dos personajes y con el fantasma de una mujer revoloteando por toda la narración, “EL pintor de batallas”, aún con una estructura un tanto descompensada, es unanovela estupenda, y una de las más frías y demoledoras de Reverte. Nihilista al máximo, sin concesiones, pero también lúcida y catártica. Leída con serenidad uno puede aprender michísimo de ella que ya es más de lo que se puede decir de buena parte de los libros que como este han triunfado en las listas de ventas.
No es recomendable y probablemente no la entenderán – reacciones de rechazo así ya las ha tenido- todos los apóstoles del buen rollito y los que niegan la complejísima condición humana. Esa oscuridad e instintos primigenios violentos que la mayoría llevamos dentro y aunque no vayamos a vivir una guerra en nuestra vida – afortunadamente, si bien eso nunca se sabe; en eso somos casi una excepción en la historia – muchos expresan esas y otras emociones negativas en la vida cotidiana, en las millones de peuqeñas guerras cotidianas que forman nuestra sociedad capitalista y que hacen, como buenos depredadores, que nos pisemos unos a los otros o nos estrangulemos moralmente para campar a nuestro antojo. Y de eso va también el libro. No solamente de la guerra entendida literalmente sino de la ruindad de la envidia, la falta de empatía o compasión, la crueldad que nosotros, inconscientes agentes de destrucción y caos, llevamos dentro, y que sacamos en moderadas dosis – salvo excepciones- y las desatamos en las circunstancias más propicias para ello.
Hemos pasado de matarnos a pedradas y a golpes a tener el planeta repleto de arsenales nucleares y todo tipo de sofisticadas armas, mientras en el colmo de nuestra inteligente “evolución” ya podemos ver las guerras por televisión, a la hora de la comida, aunque lo más probable es que, en ese momento, unos estén pensando en que putadas gastarles a sus subordinados – eso cuando no se les tira a la calle, como es norma común en estos tiempos – y otros al revés, o a los “compañeros” de trabajo.
La larga trayectoria de Pérez-Reverte como corresponsal de guerra le sirve para hacer un recorrido por muchas de las guerras de las últimas décadas – el ser humano entró en el siglo XXI como siempre: expoliando y matando – y llena la novela de muchas historias cruentas, algunas de las cuales parece que ha vivido directamente y que le hacen tener un nexo común con la más autobiográfica y documental, pero igual de seca y contundente, “Territorio comanche”.
La extrema crueldad y oscuridad de “El pintor de batallas” ha hecho que al menos de momento permanezca ajena a la fiebre por llevar al cine todo lo que lleve el sello impreso el nombre del autor, y no es casualidad que el sexto Alatriste, publicado después del estreno de la película, “Corsarios de Levante” fuese el más salvaje de todos. Sin embargo ver “El pintor de batallas” como una obra deseperada sería un error. Su intención principal es analizar, diseccionar, observar, esa perpetua violencia. Ver las líneas maestras del juego en el que está metida la humanidad. El orden dentro del caos original para, al menos, aceptar, asumir toda esa crueldad, aprender de ella para que junto a los rasgos positivos que tenemos – el arte, el amor, aunque sea efímero o se corrompa- nos sirva de analgésico, de lúcido modo de sobrevivir, tanto a nuestra miserable condición como al mundo hostil en el que vivimos. Y eso ya es mucho.
En ese sentido este libro es mucho más educativo que muchos de los que tienen ese calificativo y pese a que apenas deje resquicio para la esperanza, está claro que cerrar los ojos y taparnos los oídos, adoptar la táctica del avestruz ante la violencia que nosotros, posibles monstruos, humanos llevamos en los genes más recónditos desde los tiempos más ancestrales, es algo muy negativo y que paradojicamente, lo único que hace es perpetuarla e incluso acentuarla.
EL PEDANTE LORD HUNTINGTON
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