“El Jardín” de César Simón

imagesSegún Nabokov no leemos con el corazón, ni siquiera con el cerebro, leemos con la columna vertebral. Es allí donde sentimos el hormigueo de la alta literatura. Es allí donde yo noto un erizamiento cuando leo poemas de César Simón. Es allí donde se reúnen mis nervios convocados por la voz de este hombre asomado constantemente al misterio y a lo sagrado anterior a dios. Simón es un ingeniero de la conciencia abismado en su propio crepúsculo, practicante de un zen mediterráneo de mecedora, grillos y habitación vacía está siempre a la espera de que – parafraseando a Sebald – “algo centellee por entre un tejido ajado”. César adelgaza los versos hasta casi convertirlos en el silencio, ese silencio que es la auténtica música de la nada, esa nada que somos, esa nada de la que venimos, esa nada a la que vamos. César habita en la estrecha franja de conexión entre el mundo escrito y el no escrito y su consejo para los que quieran visitarle es: “no busquéis nombre alguno, mirad lejos, callad, bebed el agua de la fuente en silencio y nada más”. Adiós.

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