“El hombre que vio caer a Deleuze” de José Vidal Valicourt

La primera vez que entré en contacto con la poesía en prosa, en forma de breve relato, no sé si llamarle – o si le llaman- metapoesía, postpoesía, fue con Agustín Fernández Mallo, no con su famosa e intrigante trilogía “Nocilla”, sino con su primera obra – ya está bien de decirlo en otro idioma, me refiero a eso de “opera prima”-: “Creta lateral Travelling“. Prosa con un lenguaje cuidado, generador de imágenes evocadoras, llenas de reflexiones lúcidas, ingeniosas  y pertinentes – la vida es una sucesión finita de parpadeos- que transportan al lector a cualquier otro sitio. Algo así como lo que cantaban los Smiths: “Take me out tonight, anywhere I don’t care I don’t care…”. Lo cual es un alivio intelectual con los tiempos que corren. “Creta” está editada por Sloper, lo mismo que esta obra que nos ocupa, “El hombre que vio caer a Deleuze”, ganador del VI premio café Món.

Este libro, al igual que toda la poesía en prosa, metafilosofía en prosa, viene bastante bien definida, evidentemente en sus intenciones,  por una cita que José Vidal Valicourt incluye de Valle-Inclan – quítense los sombreros-: “El poeta solamente tiene algo suyo que revelar a los otros cuando la palabra es impotente para la expresión de sus sensaciones. Tal aridez es el comienzo del estado de gracia”. Me gusta la cita.

El presente volumen lo componen veinte escenas protagonizadas por seres que han superado el límite. Seres de espíritu pacifista que la sociedad ha puesto en su mano un arma. Rodeados de enfermizos e irritantes clichés. Sí clichés. Si quieres tener razón opina lo que todos los demás, no te saltes ni una coma. A lo sumo añade algún signo de admiración. O mil. Estos seres, auténticos héroes, piensan en voz alta – sólo lo podremos oir nosotros- en la podredumbre humana, en sus problemas y en las drásticas soluciones que se les ocurren, mientras David Lynch se les aparece por doquier. Ya nadie distingue ficción de realidad. Adiós a nuestro yo, que se diluya

Asesinos intelectuales, franco-tiradores apostados en azoteas de centros comerciales, anuncios, hombres anuncio, hombres de anuncio, amantes fantasmagóricos, Borges, Tom Waits, París-Texas, (cielo sobre)Berlín, Win Wenders, soledad, poesía hecha pedazos, mitos contemporaneos y cultura under-pop. Qué mas se le puede pedir a un trozo de papel con letras impresas.

Tres reflexiones de extrema belleza se me han quedado grabadas:

“Hablar se ha convertido en una obscena segregación de sonidos sin sentido, en una especie de enfermedad vírica que es necesario atajar cuanto antes. Nunca estamos suficientemente solos, y ésta es nuestra mayor desgracia. Algún día el ser humano llegará a ser inteligente y llevará  a cabo la mayor revolución: la del silencio”.

“Pertenezco a la raza de los hombres destruidos, de los que mantienen el tipo bajo la luz demente del mediodía. Soy hijo de esta luz sin civilizar, esa que me otorga la lucidez más temible”.

“Vivo en el espacio del error, en la última provincia en la que van a parar los hombres sin memoria, allí donde el juicio queda suspendido hasta nueva orden”.

Impresionante

Como lector me he sentido más cómodo en las distancias cortas, en el lenguaje economizado, sin concesiones, pim-pam-pum, directo a la sien,  al grano. Pero eso a fin de cuentas no es problema del texto, no siempre lo es, sino en este caso mío, como lector.

Por cierto, vaya caída mas tonta, la de Deleuze

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2 comentarios para ““El hombre que vio caer a Deleuze” de José Vidal Valicourt”

  • quidam:

    No nos es lícito emitir juicio alguno en lo que a la caída de Deleuze respecta.

  • hola quidam, emigmáticas palabras. Gracias por dejarnos comentari en Melibro. Saludos y te invitamos a que lo hagas cuantas veces quieras

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