“El hombre que disparó contra el sol”
( escrito en marzo de 2010 por Némesis )
La cara cubierta de tierra,
jadeando, arrastrándose, echando maldiciones
por fin llega a la cima.
Pavoroso infinito
contempla el paisaje: los ríos, las llanuras,
ese verdor espléndido, vida por todas partes,
el odio doblegando al pánico,
el sol, la luna, las primeras estrellas.
Medio desnudo, arañado, sangrando
carga el rifle.
El hombre grita,
el hombre desafía:
a la humanidad
con su pueril belleza
y con sus eternos infiernos.
A los animales
A los árboles
A los bosques y a los desiertos.
Desafía a la vida,
quiere aniquilar toda existencia,
desde una bacteria a todos los dioses.
Maldice a las estrellas, a las galaxias,
al cosmos completo,
al infinito.
Descarga su ira contra dios y contra el diablo.
Los insulta, se burla de su existencia,
grita su odio a la nada,
a la inutilidad de todo,
al hondo vacío de las vidas autosatisfechas,
a sus fáciles, estúpidas respuestas,
grita su odio al amor,
su odio a la compasión, su odio al odio.
Nada está por encima de él,
nada tiene importancia,
nada es sagrado.
Se reafirma en su odio,
tanta lucidez conduce a la locura,
tanta locura conduce a la cordura suprema,
a la cordura extrema, enloquecedora.
Carga el rifle y dispara.
Dispara al valle
dispara al oceano
dispara al cielo y al aire
a la vida y a la muerte.
El hombre dispara y dispara,
insulta al sol, a las estrellas,
le encantaría apagarlas,
negar su existencia,
sumir la vía lactea en la oscuridad primero
y en la nada después
y negar la nada.
La aniquilación es la única verdad.
El hombre dispara y dispara.
Se guarda una última bala,
yergue el puño, desafiante.
Un indicio de orgullo
en medio de todo el asco.
Se sienta sobre una piedra,
mira el rifle
no hay prisa.
Contempla el universo con infinito desprecio,
más infinito que el propio infinito.
Nada tiene la mínima importancia.
Nada es sagrado.
Su cansancio no tiene límites.
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