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GABINETE DE CURIOSIDADES ROMANAS. RELATOS EXTRAÑOS Y HECHOS SORPRENDENTES JAMES C. MCKEOWN
POR ARIODANTE
GABINETE DE CURIOSIDADES ROMANAS. RELATOS EXTRAÑOS Y HECHOS SORPRENDENTES
JAMES C. MCKEOWN
Traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya
Ed. Crítica, Barcelona, 2010, 334 páginas.
Lo refiere el autor de este libro en sus primeras líneas: los romanos nos han dejado un legado informativo sobre sí mismos superior al de cualquier otra sociedad occidental de épocas más recientes. La bibliografía sobre Roma y las conquistas realizadas, sobre sus emperadores y escritores, sus generales y oradores, sus tiempos y costumbres, es, en consecuencia, enorme. No extrañará, pues, que la tarea de sintetizar y hacer comprender semejante legado documental pueda compararse a los trabajos de Hércules o a cualquier otra hazaña heroica de la historia universal. Edward Gibbon, uno de los más grandes especialistas de la historia de Roma, consumió doce años de investigación y redacción para lograr completar la monumental Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, cuya edición canónica ocupa seis gruesos volúmenes. Y eso que el autor británico comienza la narración a partir de la dinastía de los Antoninos, cuando Roma ya había cubierto un largo trecho.
El propósito del presente trabajo es más modesto, pero tal vez por eso, y a la postre, resulte más fecundo y logrado; especialmente, si lo que busca el lector es hacerse una idea general, aunque precisa, de la vida cotidiana en la Antigua Roma.
James C. McKeown, autor de Gabinete de curiosidades romanas no pretende emular semejantes proezas. Profesor de Clásicas en la Universidad de Wisconsin, en Madison, no es historiador de profesión, ni aspira tampoco a oficiar de cronista de la Historia. Especialista en filología y con una probada experiencia en la enseñanza y la didáctica del latín, publicó en 2001 el volumen Classical Latin, una introducción al estudio de esta lengua. Ha preparado, asimismo, una edición comentada del Arte de amar de Ovidio.
El título del libro objeto de esta reseña no puede ser más claro. Sus páginas recogen una colección de observaciones, curiosidades, anécdotas, rarezas y datos factuales extraídos, en su mayor parte, de fuentes griegas y latinas. Habla aquí el autor por boca de Cicerón y Suetonio, de Séneca y Tácito, contando circunstancias extraordinarias, al tiempo que comportamientos ordinarios, en los más diversos aspectos de la cotidianidad romana: la vida familiar e intelectual, el derecho y la medicina, la educación y los esclavos, los espectáculos y la sexualidad, la religión y la superstición, Pompeya y Herculano, la comida y la bebida, los hombres principales y los ciudadanos comunes.
La perspectiva de McKeown a la hora de acercar la realidad de Roma a la curiosidad y al afán de saber contemporáneos tiene precedentes, que hallamos en los mismos periodos narrados. En este género, misceláneo y «costumbrista», se enmarcan, por ejemplo y entre otros, dos célebres clásicos: los Epigramas de Marcial y los Hechos y dichos memorables de Valerio Máximo.
Para quien no lo sepa aún, leyendo el libro, se enterará de por qué los romanos tenían tres nombres —el praenomen, el nomen y el cognomen—; que las palabras Káiser y Zar proceden del término César; que si un gladiador se alzaba con la victoria en la arena, recibía una gratificación superior a lo que ganaba un maestro de escuela en todo el año; que la célebre expresión panem et circenses la debemos a las Sátiras de Juvenal y que «victoria pírrica» remite al rey de Epiro, Pirro, y significa: «triunfo obtenido con más daño del vencedor que del vencido» (pág. 52); que la espada corta de los romanos, tomada de los hispanos, la llamaban gladius; que más del noventa por ciento de la población romana era pobre de necesidad, vivía en el campo y su esperanza de vida media no superaba los veinticinco años; que Mitrídates VI de Ponto, uno de los más temibles enemigos de Roma hablaba veintidós lenguas; que los romanos no usaban jabón para lavarse, sino que, como los griegos, preferían urgirse la piel con aceite de oliva (pág. 145); que el término moderno «piscina» proviene del latín «piscina», palabra que designaba el estanque en el que criaban peces (pisces), destinados a las mesas de los patricios; y que, en fin, el nivel de la técnica e implantación de las letrinas romanas no volvió a alcanzarse en Europa hasta el siglo XIX (pág. 252).
Libro instructivo y riguroso, a la vez que entretenido y conciso, permite ser leído a gusto del lector, eligiendo el orden de los capítulos según la preferencia y el ansia de la curiosidad de cada cual. El volumen incluye al final del mismo un práctico y extenso Glosario. Un texto, en suma, para exclamar una vez completada la lectura: Roma, o tempora, o mores! (Marco Tullio Cicerón, Catilinam orationes).
Ariodante
Abril 2011
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“Memorias” Erwin Rommel
Como bien indica su título original, “The Rommel papers“, estas no son unas memorias al uso. Es una recopilación de los escritos que dejó el famoso mariscal y que no se perdieron o se destruyeron tras su muerte, y que incluye fragmentos de su diario, correspondencia con su mujer e hijo y partes de un libro que pensaba publicar después de la guerra, donde narraba sus experiencias, así como informes y conversaciones transcritas con otros oficiales.
Como hay épocas de su vida en campaña de las que apenas dejó testimonio, se incluyen también aportaciones de su hijo Manfred - que fuera después alcalde de Stuttgart ( 194-96 ) – y del general Fritz Bayerlein, que combatió junto a su padre. Todo ello recopilado y con introducción y notas, de Liddell Hart, uno de los militares británicos más adelantados a su tiempo.
Rommel, que ya escribiera unas memorias de gran prestigio sobre su experiencia en la I guerra mundial, tituladas “La infantería ataca”, que fueron un gran éxito de ventas, en la que sirvió como teniente de dicho cuerpo llevando a cabo unas hazañas casi inverosímiles, fue uno de los escasos militares a los que el término “genio” no le viene grande. Y este extraordinario libro, antítesis de tantas arrogantes autobiografías a cargo de otros militares alemanes, es una gran muestra de ello.
Sus proezas al frente de una división “panzer” en la ocupación de Bélgica y Francia y más tarde como jefe del “Áfrika corps” en Libia y Egipto, le han reservado un lugar en la historia. Su manejo agresivo pero no temerario, audaz hasta lo impensable, rompiendo el frente enemigo y avanzando profundamente por su retaguardia ( algo que aprendieron más tarde los rusos ). Llama además la atención que casi siempre estaba escaso de efectivos y siempre se enfrentó a ejércitos superiores en número ( en áfrica el tenía un par de divisiones y unas tropas italianas mal equipadas, mientras que a la vez los nazis invadían Rusia con más de 200 divisiones y más de 3 millones de soldados ).
También destaca que salvo la fracasada defensa de Normandía, sus bajas fueron relativamente pocas. El primer año y medio en África “sólo” murieron 5700 alemanes. Algo así serían las cifras diarias en Rusia, y la mayor parte de sus derrotas ( salvo el ataque a Tobruk en 1941, ciudad que ocupó al año siguiente, o el suicida contraataque a Montgomery en Medenine ) no se debieron a su mando sino a circunstancias ajenas a él.
Como aquí repite continuamente, siempre andaba corto de suministros y las injerencias sobre sus decisiones a cargo de Hitler, Goering o los italianos, pueden calificarse de decisivamente catastróficas. ¿Qué hubiera pasado si Rommel hubiese tenido los no muy abundantes refuerzos que pedía y libertad total? Es muy posible que los alemanes hubiesen llegado hasta la actual Irán y la guerra hubiese acabado de otra forma. Pero también es posible que el final hubiera sido el mismo, simplemente hubiera servido para alargar la contienda y Europa hubiese quedado mucho más devastada.
Este libro tiene una gran importancia histórica y la prosa de Rommel desprende un enorme vigor. Su ritmo es tan trepidante que un parece casi sentir los tanques germanos avanzar a toda velocidad por el desierto, sembrando el caos y la confusión o retirándose magistralmente acosados por los bombardeos en vuelo rasante. Un militar muy inteligente con un gran sentido común en la estrategia. Suerte que el carismático Hitler nunca cediese a las exigencias del “zorro del desierto”. El destino del mundo podría haber sido otro.
Rommel creía que tenía que ser un ejemplo para sus hombres y lo vemos continuamente en primera línea: dirigiendo personalmente el fuego de un cañón, sobrevolando el campo de batalla, cuerpo a tierra en un bombardeo inglés. Eso me hace pensar que uno de los factores de sus éxitos, fue también la suerte, aunque sin olvidar su gran sangre fría. Es una cruel ironía que se muerte se debiese a un “suicidio” ordenado por Hitler, que lo tachaba de traidor – éste estaba convencido que el mariscal fue uno de los conspiradores del fallido atentado contra su persona del 20-7-1944 ( recreado no hace muchopor el film “valkiria” ). Algo que,posiblemente, fuera falso. No así el que convencido de que la guerra se había perdido, entablase la guerra por su cuenta y riesgo, junto con Von Kluge – otro “suicida”, que intentaron mantener conversaciones de paz con los angloamericanos, con la ingenua esperanza de luchar contra las “hordas rusas” que arrasaban europa oriental, una “hordas” que igual se hubieran estado quietas si no las hubiesen invadido y masacrado sin contemplaciones.
Y este es uno de los puntos ambiguos de Rommel, y que este libro, ni ninguno, aclaran del todo. ¿Cómo pudo él, que jamás cometió una atrocidad, defender el régimen de Hitler?En el discutible libro “La guerra que había que ganar” de Williamson Murray y Allan R. Millet, lo tachan de nazi ferviente. Un comentario muy a la ligera y nada creible. ¿Por qué ? Rommel siempre trató bien a los prisioneros, nunca ejecutó, al contrario que rantos de sus colegas, a ninguno de sus hombres y nunca represalió a los civiles, pues lo juzgaba cruel e innecesario. Lo más cerca que estuvo fue actuar contra los árabes que saqueaban y desnudaban los cadáveres de los ingleses. De sus enemigos. Y no pudo hacerlo al estar en retirada. Siempre se llevó mal con las SS y con los mandos nazis de la Lutwaffe, no quería que su hijo se enrolara en éstas y se negó a que éste acabase enrolándose. ¿Cómo entonces fue complice de un régimen al que acabó rechazando? En su estimable pero demasiado benévolo, blando libro sobre el mariscal, David Fraser habla de su ingenuidad política. Pero aqui su hijo afirma que su padre sí era consciente de las matanzas que tenían lugar en el Este y de las que abominaba. Otros hablan de su juramento de obediencia como soldado y de su mentalidad de vieja escuela al respecto, juramento que acabó saltándoselo cuendo perdían la guerra. Yo pregunto: ¿En los años de paz de la dictadura y en los años de victorias, qué pensaba de la persecución a judíos, comunistas y disidentes?¿ y del programa de exterminio de discapacitados que no era ningún secreto?¿No es inquietante que una buena persona como él, leal, inteligente, independiente, fuera aliado de los nazis? ¿De verdad no sabía nada, nada?¿O no fue como nos lo quieren pintar, lo que tambien parece imposible?Para mi Rommel es, en este sentido, un enigma como el famoso vuelo de Rudolph Hess a Escocia. Y todos esos libros que hablan de él, por buenos que sean, incluido este excelente trabajo, no parecen dar la visión completa del hombre. Falta algo, lo más peliagudo. Y los que lo atacan también parecen omitir cosas importantes y las teorías de unos chocan con las de otros.
Estamos hablando de un hombre singular al que sus enemigos respetaron y admiraron, tanto que tuvo su propia película en los años 50′ con el soberbio James Mason encarnando al vencedor de tantas batallas, una excepción en la norma de denigrarlos, casi siempre con razón.
Sea como sea, es una suerte que hitler no hiciera caso a sus planes.
Share“Elogio de la ociosidad” Bertrand Russell
Una estimulante colección de artículos en los que russell, fundamentalmente, cuestiona las bases y objetivos del capitalismo, y ataca su obsesión dañina por los beneficios. Escritos entre finales de los años 20′ y 1935 , el libro, salvo algunos pasajes pasajeros, es de una rotunda modernidad y muchos de estos escritos se adaptan perfectamente a la crisis económica actual.
Russell creía en el socialismo, pero en un socialismo pacífico que nada tenía que ver con el comunismo violento, al que rechazaba, empezando por las ideas del propio Karl Marx, el cual tampoco tiene mucho que ver con los que gobiernan hoy día y se consideran a sí mismos socialistas ( RISAS ).
Un socialismo democrático que Russell en “La coyuntura del socialismo” expone de una manera tranquila, razonada, reflexiva y espéptica sobre sus posibilidades de triunfo en una sociedad embrutecida. Las mismas suaves pero corrosivas maneras que utiliza para desmontar punto por punto y atacar ferozmente al comunismo y al fascismo, que en los años 30′ hacían, en el caso de este último, furor, y que desencadeno lo que desencadeno. Me pregunto cuántos que les reían las gracias a Hitler, Stalin, Mussolini u otros monstruos más cercanos, arremetieron, insultaron o calumniaron a Russell, como hicieron con Chaplin y su “Gran dictador”, una película maravillosa, y tantos otros. Las nubes ya presagiaban tormenta y muchos pequeños “Camberlains” probablemente se encogieron de hombros o se mofaron de Russell. Y no es que a Russell el tiempo le haya dado la razón, ya la tenía. Simplemente demostró que su lucidez estaba plenamente conectada a la realidad de su mundo. Un mundo que juzgaba intelectualmente atrasado, del que cuestionaba casi todo.
El cristianismo, otro de sus blancos habituales, es aqui alabado por sus virtudes en contraposición al nazismo, pero al final de “Civilización occidental”, vuelve a sacar la artillería pesada, enumerando no pocas atrocidades y supersticiones de los que profesaban, o decían que profesaban, dicha religión, ala que veía como enemiga del progreso, de la ciencia y hasta de la educación tal y como él la entendía.
La mayor parte de las soluciones que él propone a los abusos y problemas del capitalismo ( que se han acentuado con los años ) ni siquiera se han intentado. Algunas están desfasadas o soningenuas, pero muchas otras están muy bien razonadas, si bien, el mismo Russell era consciente que probablemente no se iban a intentar nunca.
Su ataque a la “ética” y virtudes del trabajo que da título y abre este conciso y a la vez denso libro ( 155 escasas páginas, pero rebosantes de ideas ) tiene un indudable encanto y es de lo más lúcido que se puede leer al respecto.
Por cierto, en un momento dado, dice que España era un país en decadencia por su estupidez e ignorancia e incluye algún despectivo comentario sobre las corridas de toros. Esto era antes de la guerra civil entre salvajes y de la grotesca dictadura ¿Cuál sería su pensamiento al respecto después de estos sucesos? No parece muy difícil adivinarlo.
Share“Sobre el periodismo” Joseph Pulitzer. Editorial Gallo Nero
A Joseph Pulitzer, que da nombre a uno de los premios más importantes que se conceden en el mundo de las letras norteamericanas, se le puede considerar un pionero dentro de ese periodismo que conjuga esa mezcla mitad información mitad entretenimiento, en la que, desde su aporte, allá por finales del siglo XIX, principios del XX, los periódicos no han hecho sino profundizar.
Sobre el periodismo, editado por la editorial Gallo Nero, es una reflexión que realiza Pulitzer sobre qué debe ser el periodismo y qué peligros debe evitar. En plena “batalla” contra William Randolph Hearst, fue alguien que predicó, con cierta ambigüedad, pues sus publicaciones, el célebre diario neoyorkino “The world”, incluía cierto sensacionalismo, que poco a poco fue abandonando, predicó y luchó denodadamente contra la corrupción política y la injusticia social, denunciando ese amarillismo en la prensa que sólo buscaba conseguir audiencias a cualquier coste.
La presente edición cuenta, algo muy de la editorial Gallo Nero, con un fantástico prólogo introductorio que pone en antecedentes al lector sobre Pulitzer y su época, a cargo de Irene Lozano. En él se nos informa de cuáles son los principales miedos de Pulitzer, fundamentalmente dos: el comercialismo y la falta de ética. Dos peligros aún no resueltos y menos hoy día.
El periodista debe desempeñar su labor completamente independiente del poder económico. La ética debe preponderar por encina de todo. Tal vez de un modo muy idealista y romántico, consideraba en su ideario teórico – teoría y práctica en ocasiones es difícil de ser llevadas de la mano – que a más ética, más honestidad, una publicación más lectores atraería y sería menos dependiente de esos podees económicos que cortan las alas del periodismo ( y de cualquier ser humano ).
Me gustaría reseñar esta cita: “sin unos ideales éticos, un periódico podrá ser divertido y tener éxito, pero no sólo perderá la esplendida posibilidad de ser un servicio público, sino que correrá el riesgo de convertirse en un verdadero peligro para la comunidad”.
Y otra más: “una prensa mercenaria, demagógica y corrupta puede arrasar un territorio y producir un pueblo tan vil como ella”.
El prólogo nos invita a mirar alrededor para comprobar como estos peligros nos rodean: “no hay más que ver las campañas de ciertos periódicos (…) o de forma muy obvia a la programación de ciertas cadenas, para darse cuenta de cómo la obsesión por ganar audiencia, sin frenos deontológicos, degrada el periodismo y acarrea el envilecimiento de la sociedad”.
Estos fenómenos citados por Irene Lozano van desde los medios dedicados a la política, azuzando sin piedad a gobierno/oposición según desde donde azuzen, a los medios “rosas”, donde sacan trapos sucios de donde sea o incluso en la deportiva, donde es penalty no según el reglamento sino depedendiendo de los gustos deportivos de la audiencia y del propio medio, y todo ello, no porque siquiera en ocasiones crean en ello, sino porque es la manera de llegar a una audiencia deseosa de oir sólo lo que quiere escuchar.
Pulitzer en su idea de periodismo buscaba una educación al periodista, que éstos fueran formados en universidades, lo mismo que son formados abogados o médicos. Sin esa formación veía difícil formar buenos profesionales. La idea es que ese instinto periodístico fluya en todo aspirante, que no quede oculto por no haber sido formado, pero a la vez, para que ese instinto que antepuesto a la ética. Ese reportero nato que encuentra la noticia sin pensar más que en la primicia, debe valorar más aquello a lo que se considera como “lo correcto“. Esa formación debe formarlo para que tenga orgullo de su profesión, pertenencia a una clase, no basado en el dinero o jerarquias, sino en la ética, la educación y la reputación.
Para Pulitzer la profesión periodística era/es una profesión maravillosa, de la que hay que sentirse orgulloso, un oficio que tiene el privilegio de moldear las opiniones y llegar a los corazones del público, pero que tiene la obligación de apelar a la razón de éstos. Sin ella, sin una prensa libre, una democracia no puede ser considerada como tal, pero sin ética, esclava de intereses meramente económicos y/o personales, puede emponzoñar todo lo que encuentre a su paso.
En definitiva un libro que permite reflexionar sobre el periodismo, tal y como reza su título, nos deja ver qué consideraba que debía ser la formación y el proceder del periodista, su ideal político de cómo debía ser una república, y finalmente, nos permite ver cómo su importancia dentro de una sociedad, y los peligros de su mal proceder, las de esta profesion, no son hoy día muy diferentes a las de hace ya más de un siglo.
Pulitzer acaba preguntándose cuál será el estado y la política de los EEUU dentro de 70 años ( se preguntaba esto a finales del XIX ). Se preguntaba si continuaría habiendo un gobierno basado en la constitución, en la igualdad de todos los cuidadanos ante la ley o si gobernarían el dinero y la mafia. Decía que la respuesta dependerá de la educación que la gente reciba a través de sus periódicos y demás predicadores de masas.
Se preguntaba esto Pulitzer con optimismo y esperanza en un futuro mejor. Ahora yo me hago esa misma pregunta. ¿Hay motivos para tener ese optimismo respecto all futuro?
Share“La senda del drago” José Luis Sampedro
Parece ser que la actual crisis mundial se ha visto propiciada por los neoconservadores fundamentalistas USA y los que siempre les ríen las gracias en otros países. El más famoso exponente de sus políticas liberales económicas han sido las guerras de Irak y Afganistán que no han hecho ningún bien, y lo más llamativo de esta gente que domina el mundo con sus ejércitos, militares o privados, sus sacerdotes y sus imperios de desinformación y manipulación, es que afirman ser cristianos cuando sólo crean más odio, dolor y pobreza, una pobreza que les importa un pimiento, pues lo más importante para ellos es ganar dinero y hacerse ricos. Lo demás no cuenta. Y en eso ayudan mucho los gobiernos fundamentalistas de estas zonas, ¿Hace falta recordar -otra vez – que Saddam Hussein o los talibanes ( como Noriega ) fueron amiguetes del imperio, un imperio que apoyaba sus matanzas con entusiasmo?¿Cuántos parecen olvidar esto y a la vez aplauden a esos jeques tan amigos de occidente y que se dedican a hacer la vida imposible a sus pueblos?
Ante esta inmoralidad generalizada, negándose a ser un esclavo más, Sampedro ha creado este libro en el que define, con sumo acierto, a los tecnobárbaros que dominan el mundo. Un término que ha inventado y que describe más que adecuadamente a todas esas mentes medievales, armadas de una tecnología que puede arrasar el planeta entero.
En estos tiempos en los que tantos fanáticos maniqueos de diversos bandos e ideologías van de referentes morales, es un alivio encontrarse con alguien tan honrado, cristalino y sencillo en el buen sentido, como Sampedro. Y que conste que no he quedado convencido con este “La senda del drago”, un ético grito de indignación – recientemente Sampedro ha realizado el prólogo a la edición española del bestseller “Indignaos” – sin dogmas moralizantes abierto y generoso, pero excesivamente irregular.
Partiendo de la obscena invasión de Irak – ahora toca la Libia del ex amigo Gadafi - que ya lleva matando gente más de ocho años, Sampedro ya creó el casi impecable “Los mongoles en Bagdad”, un ataque tan apasionado como razonado a la política española de entonces, esta y la decadencia consumista de occidente son la base de este trabajo. Sampedro se niega a callar ante la arrogancia, estupidez e ignorancia de los mandamases del mundo y crea un libro-manifiesto que intenta combatir la resignación y el cinismo paralizante.
Es además un hermoso homenaje a la isla de Tenerife, a los mejor de ella, en contraposición a esa especulación que puede acabar destruyéndola, lo mismo que tantas costas ibéricas.
El libro alienta a las personas a pensar por sí mismas, cometer sus propios errores, sacar sus propias conclusiones, lejos de las masas, borreguismo o como cada uno lo quiera llamar. Y por eso creo que esta obra es un oasis de libertad y civilización, en este país en el que vivimos. Pero también creo que “La senda del drago” se queda corto, de una ingenuidad y hasta cursileria tremendas – lo mismo que el citado “Indignaos” -.
Con todo el respeto que se merece Sampedro, “La senda…” narra un viaje interior que se ve coronado por una historia de amor para mi sonrojante, irreal, más propia de un cuento de hadas, nada creible, con el agravante que el personaje femenino es más una idealización que una mujer de verdad. Y con contradicciones. La individualista, luchadora y comprometida Runa es una esclava de la moda. ¿Cuántos de esos trajes que hacen suspirar a su amado los han hecho niños chinos por un sueldo inexistente? Capitalismo y comunismo unidos. Pero no, de esto no habla el libro.
Sus críticas al lamentable Bush y Cia son más que acertadas pero Sampedro no cuenta nada nuevo que no se sepa ya. Todo lo que critica está ahí para el que quiera verla. No es ningún secreto y por eso sobra, en esos tonos tan trascendentes y poco naturales, ese tono divulgativo-didáctico que lo acercan peligrosamente a un panfleto o a un simplón libro de autoayuda.
Con sus virtudes y defectos, “La senda del drago” es una humilde, nada engreida lección de dignidad. Pero dudo mucho que se encuentre entre lo mejor de este admirable autor. Aunque opiniones tenemos todos. De lo que se trata es de no perderla, y de eso habla también esta obra. De ser uno mismo.
Por último, lo de la inglesa y el kurdo no me lo creo nada. Y ¿Cuándo no ha estado occidente en decadencia?¿Es que estamos ahora peor que en la época de las guerras mundiales, las guerras de religión o las napoleónicas?¿Por qué hay tanta gente de diferentes ideologías incluso que dice que estamos peor que nunca?¿Eran mejores las generaciones que montaron una guerra civil en España o la Segunda guerra mundial? Descoloca que algunos pensamientos de Sampedro vayan por esos derroteros.
Share“La gran bestia. Vida de Aleister Crowley” John Symonds
“Todo hombre y toda mujer son una estrella”
En España se han editado varias biografías de Crowley, “el hombre más perverso del mundo”, a cargo de Colin Wilson o Martin Booth, pero esta es, probablemente, la más conocida ya que el novelista John symonds fue albacea y amigo ( ¿ o sólo conocido ? ) del hombre de los mil pseudónimos, y ofrece abundante información de primera mano extraída del diario del propio Crowley, de su correspondencia y de las personas que le rodeaban, así como experiencias personales con el mago en cuestión.
La vida de esta bestia de la naturaleza trasciende los estrechos límites de un libro por muy largo que sea. Por eso cuando uno llega al final de las más de 800 páginas de este libro ( impecablemente editado, aunque su precio en un pelín exagerado, y más en estos tiempos que corren ) tiene ganas de más. De mucho más.
Crowley, considerado el último mago de occidente, alguien que fusionó las corrientes ocultistas occidentales con las orientales, inventó, influido por sus experiencias paranormales, una nueva religión y profetizó el fín del cristianismo. Describir dichas experiencias ( o al menos lo que él decía ) y rituales trasciende este espacio. Sólo recalcaré que en ellas el sexo y las drogas jugaban un papel preponderante y que la consecución de dicha ” gran obra” definió la vida de Crowley, una obra que, en vida, hizo aguas por todos lados.
El primero en saltarse sus propias normas de amor y no respetar la sagrada voluntad de los demás fue el propio “perdurabo” ( uno de sus más famosos pseudónimos ), un hombre que tal vez no convenía tener como enemigo pero mucho menos de amigo o amante puesto que muchas de sus compañeras, las famosas “mujeres escarlata” de su religión, acabaron enloqueciendo o suicidándose o ambas cosas a la vez.
Como dice Richard Cammell, autor de otra biografía suya, alguien que tuvo a la vez la buena y la malda suerte de conocerlo: “No tenía sentido de la virtud, de la amistad o de nada relacionado con el honor”.
Fue una de las personas más enfermas de egocentrismo que han pisado este planeta y leyendo estas fascinantes, tremendas páginas, uno siente muchas emociones contrapuestas. Admiración, rechazo, curiosidad…Crowley fue un auténtico vampiro humano que exprimia en todos los sentidos al que le rodeaba. Una personalidad tan arrolladora como inmadura que debe mucho a su actual status al interés que el mundo del Rock ha tenido de su controvertida figura. ¿Quiénes lo reividicaron? Ahí van unos cuantos nombres: “The Beatles”, “Led Zeppelin” ( Jimmy Page compró una casa que tenía “la bestia” al lado del lago Ness y parece ser que pasaron unas cuantas cosas raras ), “The Rolling Stones”, Ozzy Osbourne, “Tool”, “Marilyn Manson”, “Pearl Jam” ( esto sí se me escapa. Qué alguien me lo explique porque no le pega nada ).
Pero el conde Vladimir Suareff - otro pseudónimo – no fue sólo un narcisista y hasta un cobarde en determinadas situaciones, hecho que contrastaba con su gran valentía en otras, “la bestia 666″ como gustaba que le llamaran, fue un hombre de excepcional cultura, carisma e inteligencia, con grandes dotes en numerosos terrenos, autor de una prolífica obra literaria al parecer parcialmente reivindicable y que en España apenas se ha podido paladear. Protagonista de una vida formidable, tuvo tantas amantes ( y tantos ) que hasta Rocco Sifredi tendría envidia. Fue difamado, censurado y perseguido injustamente. El gobierno de Mussolini lo expulsó de Sicilia donde había creado su abadía de “Thelema“. La prensa carroñera y conservadora inglesa lo hizo uno de sus objetivos favoritos e inventó embustes de todo tipo sobre su persona, incluido el que había matado y comido a cientos de niños. Parte de su obra fue destruida por las autoridades y sin valorar su papel como mago, al parecer fue un gran pintor, y es una pena que no se dedicase a eso profesionalmente, si bien llegó a exponer en el Berlín pre-nazi.
Aunque no se conozca su obra o no se tenga interés o aprecio por su filosofía radical, leer sobre su vida es apasioante. Hay seguidores de “la bestia 666″ que abominan de Symonds. No les falta razón. Symonds, muerto en 2006 nonagenario, añade comentarios inoportunos, a veces mezquinos a la narración de las hazañas y najezas de Crowley o a su obra literaria y mágica. A veces se contradice, como cuando afirma que “perdurabo” no tenía imaginación y mucho más adelante afirma lo contrario. Casi todos esos ataques se concentran en la primera parte del libro, la dedicada a la juventud de Crowley. No deja pensar al lector por sí mismo y su prosa es abundante en subrayados innecesarios, comentarios tendenciosos y afirmaciones de dudosa credibilidad. Hay incluso un gratuito y ridículo ataque a la “Metamorfosis” de Kafka, y aveces la poca nobleza de Symonds parece rivalizar con la de Crowley. Afortunadamente esto va diluyéndose conforme avanza el libro, pero aún aparece alguna que otra sentencia tan detestable como “todo aquello que resulta diferente es peligroso”, que es tan repugnante como la acomodaticia frase “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Sin embargo el tono del libro va cambiando y hasta abundan las reseñas admirativas sobre “la bestia 666″ aunque sin llegar a ser enfáticas.
Lo irónico es que Symonds tuvo problemas con la publicación de este libro abundante en referencia a drogas y sexo.
Lo más importante es que este libro es un viaje extraordinario al corazón de la bestia, rico en historias jugosas y anécdotas imposibles de encontrar en la vida de otro ser humano.
Con edición, apuntes y traducción de Javier Martín Lalanda ( Crowley lo fue de Baudelaire ), la vida de este aventurero, gran jugador de ajedrez, poeta, estafador y otras muchas cosas, que recorrió medio mundo, es absorbente, y en líneas generales, Symonds se muestra a la altura de las circunstancias.
Se echan en falta en el relato las aventuras que tuvo Crowley en sus viajes a España y que han inspirado la reciente y discreta película de Jose Luis Alemán “La herencia Valdemar”. También sobran las notas finales de Rupert Gleadow ( ¿ Profecías a posteriori ? ). Pero es una obra recomendable para zambullirse en el mundo y enla peligrosa cabeza de un hombre que tanto ha influido a las corrientes esotéricas, “satánicas” y ocultistas modernas. Que se lo digan a Anton Lavey.
Ahora sólo falta que alguien edite, en este país de pandereta y procesiones, y de una manera adecuada, la obra de Aleister Crowley, que permanece casi toda inédita.
¿Qué más fue Crowley? Un adicto a la heroina, el inventor de la V de victoria que hizo famosa el mismo Churchill, un posible agente doble en la I guerra mundial, amigo del poeta portugués Fernando Pessoa y de algunos peces gordos de la política y mil cosas más. Ahí dejo unos extractos de su “Liber Oz”. Juzgad vosotros mismos:
“El hombre tiene derecho a vivir su propia ley…a vivir de la manera en que desee vivir, a trabajar en lo que quiera. El hombre tiene derecho a comer lo que quiera. A beber donde quiera. A morir donde y como quiera. A irse a vivir donde quiera. En cualquier lugar de la superficie de la tierra. El hombre tiene derecho a pensar lo que quiera. A decir lo que quiera. A escribir lo que quiera. A dibujar, pintar…etc. A construir lo que quiera. A vestirse como quiera. El hombre tiene derecho a amar como quiera. EL hombre tiene derecho a matar a todo aquel que contraríe la realización de estos derechos”. Afortunadamente, esto último, Crowley se lo saltó. ¿ O no ?
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Regular, gracias a dios. De José Antonio Labordeta
Desde que Labordeta decidiera dejarnos aquí solos y empantanados estoy triste.
Me tomé su marcha de manera personal, como si fuera de mi familia y he tardado algunos meses en leer el libro porque no me sentía con fuerzas, aun así cuando lo he hecho, no he parado de llorar. Unas veces de alegría o emoción otras de rabia; desde que viajamos con él por esos pueblos del país, un programa magnífico que no dejaremos de agradecerle, (qué mejor Cicerone) eso y que siempre estuviera más cerca de nosotros que de Ellos, los que lo tienen todo y ahora se afirman como adalides de la lucha obrera; José Antonio siempre fue un hombre sencillo, con los pies en el suelo, sobre su tierra dura y monegrina, dispuesto a cantar bien alto para favorecernos a los ciudadanos de a pie; qué incomodo se sentía cuando veía que no podía hacer gran cosa por los pasillos del congreso.
Personas como él nos hace falta, hoy más que nunca, es difícil, pero tendremos que intentarlo, se lo debemos a todos los que como él lucharon por la libertad en un país roto, dolorido y en silencio profundo durante años, algunos todavía callan y ahora que se nos viene otra temporada parecida su alma ha de regresar.
Labordeta nos cuenta anécdotas de su infancia, su adolescencia, nos abre la puerta de su casa y nos muestra a su familia, a sus amigos, a los de siempre y a los nuevos, los que comparten con él la enfermedad y la agonía de ver solamente el pasillo.
Este libro lo leo con todo mi cariño, me inmiscuyo en su vida sabiendo que ya nos ha dejado, pero contenta de saber que estuvo aquí y que la gente lo amó y lo amará siempre y que escribió sus recuerdos con ilusión y encontrando motivos para vivir.
Mi reconocimiento profundo al abuelo por su dignidad, por su manera de estar, por su honradez, por situarse nunca más alto que ningún ser humano, por sentarse delante del hogar con las gentes del campo, por cantar con su alma de trovador, por gritar no a la guerra, por amar a los suyos, por ser un señor hasta el último suspiro.
Te echo de menos, estés donde estés maestro. Lo que me alegra es que estés con tu querido hermano, que no estés solo. Esta es la imagen con la que me gusta recordarte.
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“Golfo de Leyte. Una armada en el pacífico” Donald Macintyre
Resulta un tanto curioso que la batalla del golfo de Leyte frente a Filipinas en Octubre de 1944, no tenga tanta fama como otras del pacífico.
Si en el frente ruso abundan muchos más los libros sobre Moscú, Leningrado o Stalingrado que sobre Kursk, de la contienda entre japoneses y norteamericanos hay muchos más trabajos ( al menos publicados en España ) sobre Pearl Harbour, Guadalcanal, Midway ( destaca un libro muy recomendable de A. J. Barker ), Iwo Jima u Okinawa ( lo mismo, en este caso con uno de B. H. Frank ) que sobre la mayor batalla aeronaval de la historia en la que unos cientos miles de seres humanos se fueron al fondo del mar en pocos días.
Y eso que al igual que Kursk, Leyte fue, posiblemente, una batalla decisiva. Posiblemente, porque al igual que la mayor batalla de tanques de la historia ( una masacre que alcanzó cotas de surrealismo sangriento ) también es posible que todo estuviera ya decidido y que el resultado de estas monstruosas confrontaciones, que incluso escapan a la imaginación del más megalómano director de cine, fuese inevitable.
En este caso, incluso habiendo salido bien los planes japoneses, la batalla acabó con el poder de su flota que fue casi aniquilado y no volvió a ser relevante en lo que quedaba de guerra ( perder 26 buques de guerra era algo que no tenía precedentes. Los yankies “sólo” perdieron 6).
Este es uno de los mejores libros que la desaparecida editorial San Martín publicó en su colección “Historia del siglo de la violencia”, casi por entero dedicada a la II guerra mundial.
Macintyre, autor de otros libros sobre esta puñetera guerra, realizó un trabajo implecable que, al contrario que otras obras de la mencionada colección, apenas tenía los típicos y obscenos comentarios belicistas patrioteros. Se “limitaba” a narrar, con sumo rigor y una prosa vigorosa y precisa, lo que pasó. Y lo hizo con detalle, llevando los sucesos al minuto, unos sucesos tan terribles como apasionantes y que, como macabra guinda a la carnicería que se estaba librando en el mar, en el contexto de la liberación de Filipinas vió aparecer por primera vez de manera tan organizada las unidades Kamikaze, que tanto daño hicieron a sus oponentes.
Con un archivo fotográfico sobresaliente, mapas detallados y un adecuado prólogo de Basil Liddel Hart, este libro, probablemente descatalogado, es de lo mejor que me he leído sobre ese frente. Rico en información y carente de esa retórica épica innecesaria a estas alturas en la que el mundo ha cambiado ( ¿ evolucionado ? ) tanto.
Decir que existe otro libro sobre la batalla de Leyte, publicado por Inédita, “La batalla de Leyte” de Jean Jacques Antier.
EL ESPONTÁNEO
Share“EN EL NOMBRE DE ROMA. LOS HOMBRES QUE FORJARON EL IMPERIO” ADRIAN GOLDSWORTHY
Por ARIODANTE
EN EL NOMBRE DE ROMA.
LOS HOMBRES QUE FORJARON EL IMPERIO
ADRIAN GOLDSWORTHY
La editorial Ariel ha sacado al mercado En el nombre de Roma, nueva edición de un libro anteriormente publicado bajo otro rótulo —Grandes generales del ejército romano: campañas, estrategias y tácticas (2005)—, del que es autor Adrian Goldsworthy. En esta ocasión, se recupera el título original (la primera edición inglesa es de 2003). Queda enmendado así un lamentable hábito del mundo editorial en España, cual es alterar bruscamente el título original de obras nacidas con un nombre propio. Ahora bien, corregido el error, probablemente se haya generado una confusión: tomar como dos libros distintos aquello que remite a uno solo.
Hecha la necesaria puntualización, pasemos a reseñar este volumen de Goldsworthy, por lo demás, verdaderamente muy meritorio. El nombre del autor no resultará extraño a nadie que esté interesado y mínimamente al corriente de la bibliografía consagrada a la historia de Roma.
Adrian Goldsworthy es historiador británico, nacido en 1969, especializado en el mundo antiguo, y en Roma, muy en particular. Estudió en el St. John’s College de la Universidad de Oxford, donde se doctoró en 1994. Tras haber ejercido en distintos centros educativos, en el momento presente dedica su actividad a la escritura. La producción libresca del autor es amplia y muy notable. Hasta la fecha, han sido traducidos al español: La caída de Cartago: las guerras púnicas (2002), El ejército romano (2005), Grandes generales del ejército romano (2005, ya citado), César: la biografía definitiva (2007), La caída del Imperio romano. El ocaso de Occidente (2009). En 2010, ha sido editado en Inglaterra su último trabajo, Antonio y Cleopatra, obra todavía no vertida al español. En la actualidad, escribe una detallada biografía del emperador Augusto.
En nombre de Roma es una obra destinada a registrar y analizar las gestas militares encabezadas por algunos de los más grandes generales romanos. Basándose para ello en la información directa de sus protagonistas (escasa; Julio César y pocos más narraron sus campañas), pero, sobre todo, en los historiadores clásicos: Plutarco, Tácito, Suetonio. El texto examina con sumo pormenor los éxitos en el campo de batalla y las victorias de las legiones que extendieron el poder de Roma a gran parte del mundo conocido. A lo largo de sus páginas desfilan quince personajes principales: Fabio, Marcelo, Escipión el Africano, Emilio Paulo, Escipión Emiliano, Cayo Mario, Sertorio, Pompeyo el Grande, Julio César, Germánico, Corbulón, Tito, Trajano, Juliano y Belisario.
No oculta Goldsworthy las derrotas de los ejércitos mandados por estos paladines romanos. Ocurre que todavía hoy nos admira comprobar la gran capacidad de la acción militar de Roma, su abrumadora eficacia, basada principalmente en el férreo adiestramiento de las tropas, la cuidada motivación de oficiales y soldados, el esmerado equipamiento en armas y utensilios producto de la ingeniería asociada al arte de la guerra, el control de la intendencia y el avituallamiento de los destacamentos, etcétera.
Pero, por encima de todo, para explicar la apabullante supremacía militar de Roma es preciso atender al papel fundamental desarrollado por los generales. El hecho resulta verdaderamente extraordinario debido a que quienes comandaban las legiones romanas no habían recibido un previo adiestramiento formal que justificase el nombramiento para dirigir los ejércitos ni augurase su potencial destreza. En Roma, no existía nada parecido a las escuelas militares, tal y como las conocemos en épocas más recientes. Los generales de Roma procedían, al menos durante bastante tiempo, de la aristocracia senatorial. Eran senadores y militares, militares y políticos, una circunstancia que conllevó, por otra parte, no pocos disgustos a la continuidad del poder de Roma, al propiciar inacabables guerras civiles.
«La guerra y la política —escribe Goldsworthy— siguieron inseparablemente unidas desde el momento en que no había ningún otro servicio mayor que un líder pudiera hacerle al Estado que el de derrocar a un enemigo en guerra.» (pág. 441). La historia de Roma es, en gran medida, la historia de sus conquistas, de las guerras que emprendieron contra las poderosas naciones que podían suponer una amenaza (Cartago, Persia, Partia), así como contra las tribus locales de aquellos territorios apetecidos por el Senado o el princeps.
El pueblo de Roma —Roma en su conjunto— vibraba ante el éxito de las campañas militares de las legiones. La virtus, el poder y la gloria representaban valores esenciales para una nación orgullosa de ser la dominadora del mundo. Los generales merecían especial reconocimiento y tributo en estas hazañas, aunque no, ya lo hemos dicho, porque fuesen consumados y refinados estrategas. En aquellos tiempos, no se utilizaban apenas mapas, ni se disponía de medios rápidos de transporte y comunicación.
Pero, los generales y comandantes romanos, personalmente o a través de los centuriones y mandos medios, dirigían a sus tropas in situ. Estaban siempre en contacto con ellas, comían del rancho común, dormían sobre similar jergón que el del legionario común. En no pocas ocasiones, cabalgaban en las primeras líneas del frente, comprobando el desarrollo de la batalla o asedio a una ciudad, arengando y animando a los soldados, castigando la indisciplina y la desidia, premiando las acciones heroicas o simplemente arriesgadas. Aun practicando nuevas tácticas militares, la herencia de la épica heroica guerrera no se perdió. Goldsworthy destaca casos ejemplares de oficiales romanos enfrentándose en «combate singular», es decir, cuerpo a cuerpo, con líderes enemigos. Dos emperadores-generales, Marcelo y Juliano, fallecieron, de hecho, en el campo de batalla.
En la bibliografía moderna, los generales romanos han sido considerados, ordinariamente, como simples aficionados, cuando no meros oportunistas en busca de la gloria. Sin olvidar, el empeño de escalar puestos en la jerarquía del poder de Roma, cuando no el utilizar los éxitos militares como vehículo, a veces violento, para hacerse con la corona y la púrpura. No le falta razón a esta creencia. Pero tampoco contiene toda la verdad de los hechos. Los generales romanos no eran genios de la táctica militar, pero a base de experiencia práctica y sentido común, disciplina y respeto a códigos estrictos, coraje y valor, decisión y constancia, lograron poner al mundo a su merced durante siglos. «Roma no paga a traidores», respetar al adversario, no ensañarse en el salvajismo: principios de esta naturaleza no tenían parangón ni correspondencia entre los bárbaros.
Los generales romanos, lucharan por afán de botín, de poder o de gloria, lo hacían en nombre de Roma. A diferencia de las naciones orientales (incluso de Grecia), los comandantes romanos no pactaban con fuerzas extranjeras a fin de ganar posiciones particulares u organizar revueltas en contra el Estado. Cuando luchaban romanos contra romanos (las guerra civiles, según Goldsworthy, fueron la verdadera causa de la caída de Roma), lo hacen en nombre de Roma. Cada uno a su manera. Apelando, primero, a la República. Después, al Imperio.
El declive de las conquistas de Roma, la decadencia del arte militar romano, coincide en el tiempo con el fin del Estado: «En el siglo VI, la forma romana de llevar a cabo la guerra se había vuelto característicamente medieval, con ejércitos relativamente pequeños, un sistema disciplinario muy poco rígido y la prevalencia del saqueo y de otras operaciones a pequeña escala sobre las batallas de mayor calado.» (pág. 443).
A partir del siglo XVI y XVII, los modernos Estados volverán a poner en pie de guerra grandes fuerzas y poderosos medios. Napoleón, por ejemplo, reconoció haber aprendido mucho de las hazañas de César y sus continuadores. Goldsworthy dedica el último capítulo del libro a estas consideraciones. Pero ésa es otra historia.
Marzo 2011
Título: EN EL NOMBRE DE ROMA
Autor: Adrian Goldsworthy
Traducció: Ignacio Hierro
Editorial Ariel
Páginas: 472
Formato: Rústica, 14,5 x 23 cm
ISBN: 978-84-344-6929-7
Fecha edición: Junio de 2010
Género: ensayo histórico
Share“GUERRA EN LA RED. LOS NUEVOS CAMPOS DE BATALLA” de RICHARD A. CLARKE
Por ARIODANTE
Traducción de Luis Alfonso Noriega
Ed. Ariel, 2011
367 páginas.
ISBN: 978-84-344-6960-0
Género: ensayo
De reciente publicación en EE UU, acaba de editarse en España este libro, Guerra en red, que promete no menos polémica que la suscitada a raíz del anterior trabajo mencionado. A medio camino entre un volumen de memorias, un ensayo histórico y un relato periodístico, en el presente texto, Clarke hace públicas sus consideraciones sobre los peligros que acechan a la seguridad en Estados Unidos, denunciando la poca preocupación que, a su juicio, han prestado al asunto las respectivas administraciones en el poder. Aunque firmado en colaboración con Robert K. Knake (corresponsal de asuntos internacionales en el Council Of Foreign Relations), el libro está escrito en primera persona, lo que da una idea formal del grado de protagonismo del autor. Para algunos de sus críticos, en realidad, un afán de protagonismo, cuando no de exhibicionismo y presuntuosidad.
Richard Alan Clarke (Boston, 1950) ha sido alto funcionario de la Administración norteamericana, donde ha ejercido como responsable de seguridad bajo cuatro presidencias de Estados Unidos de América (Ronald Reagan, George Bush, Bill Clinton y George W. Bush), a lo largo de 30 años, de 1973 a 2003. Bajo los respectivos mandatos, ha ocupado diferentes destinos en la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono, por lo general, relacionados con el ámbito de la inteligencia y la seguridad. Este flamante currículo hace del autor un probado experto en la materia de su especialidad, lo cual no es óbice para que deje a su paso notorias polémicas, tanto por lo que se refiere a su gestión cuanto, especialmente, a su labor publicista. De hecho, fue el encargado de la oficina antiterrorista de los Estados Unidos durante los atentados del 11 de septiembre de 2001. Experiencia tan traumática la verbalizó en el ensayo Contra los enemigos, publicado en España en 2004, texto que provocó un intenso debate. Clarke sostiene allí, a propósito de la lucha antiterrorista, que, por ejemplo, se exageró la participación de Al Qaeda y Osama bin Laden en los atentados del 11-S, razón por la cual se opuso a ciertas iniciativas contraterroristas impulsadas por la Administración de George W. Bush, como la intervención en Afganistán e Irak. Justamente, esta discrepancia provocó su salida del círculo de poder de la Casa Blanca en 2003.
Internet fue concebida en la década de los 60 del siglo XX como vehículo de comunicación entre universidades, diseñada para ser utilizada por algunas pocas miles de personas, pero no para miles de millones de anónimos usuarios, desconocidos entre sí, y que no tienen por qué confiar unos en otros. Las redes sociales (como Facebook), de gran impacto en nuestros días, surgieron de modo bastante semejante. La actual empresa AT&T fue la primera compañía de telecomunicaciones que sacó fuera de los ámbitos originarios el uso de la nueva tecnología para navegar por la Red, extendiéndola a las corporaciones y el consumo privado en los domicilios. En el momento presente, raro es el uso de información y la gestión de cualquier tipo que no dependa de Internet. El ámbito humano de comunicación es, cada día más, ciberespacio.
El ciberespacio lo conforman todas las redes informáticas del mundo, conectadas y controladas entre sí. Comprende Internet, pero también las redes transaccionales a través de las cuales fluyen datos y dinero, negocios con valores y operaciones con tarjetas de crédito. La conexión conduce, por tanto, casi sin remedio a la interconexión. Hoy, por ejemplo, la mayoría de ascensores y fotocopiadoras de usos convencionales incorporan microordenadores conectados con terminales relacionadas con los servicios de fabricación y mantenimiento de los productos. Muchas de estas prestaciones vienen ya incluidas en las nuevas contrataciones de los mismos. No hay, en principio, gran problema cuando las cosas funcionan como uno espera o desea. Sencillamente, regalas información a no sabes quién. En ocasiones, información sensible o relevante. Las trituradoras de papel en las oficinas, que destruyen documentos confidenciales o privados, pueden incluir parecidos dispositivos. De fábrica o añadidos posteriormente por tampoco sabemos quién.
El dominio y la omnipotencia de la informatización en las sociedades conllevan determinados efectos que no pueden ignorarse. Un sencillo colapso o incidente paraliza abruptamente los protocolos básicos de actuación. Ante una ventanilla de las administraciones públicas o en una oficina de la empresa privada, si el sistema informático se bloquea o las interconexiones se colapsan, vuelva usted mañana. Esto por lo que tiene que ver con fallos circunstanciales no provocados intencionalmente. ¿Qué ocurre cuando tras la incidencia está la mano del cibercrimen o el ciberterrorismo? ¿Y qué decir de la «ciberguerra»?
¿Cómo definir la guerra en la red? Respuesta de Clarke: «aquellas acciones realizadas por un Estado-nación con el fin de penetrar los ordenadores o las redes de otra nación y el propósito de causar daños o perturbar su adecuado funcionamiento.» (pág. 23). No hablamos de ciencia-ficción. El primer capítulo del libro refiere casos reales acontecidos en los últimos años: las sospechas de que Israel ejecutara un asalto cibernético en una planta nuclear en Siria; otro, un ataque de Rusia sobre Georgia que bloqueó sus sistemas informáticos; uno más, en fin, proveniente de Corea del Norte que perturbó las operaciones en EE UU y en Corea del Sur. Hay sospechas de más hechos sucedidos, pero la mayoría no han sido hechos públicos.
A resultas de estas circunstancias, los conceptos mismos de «guerra» y «conflicto bélico» han sido trastornados. En nuestros días, el poderío militar de un Estado ya no depende básicamente del número de tropas o del armamento de que se disponga. De poco le serviría a una superpotencia, si Estados-nación pequeños (también, los denominados «canallas») o, simplemente, grupos organizados de «ciberguerreros» interfiriesen, por medio de ataques organizados, los servicios básicos, como la red eléctrica del país. Esto es lo que se denomina «guerra asimétrica», que cambiaría radicalmente el actual equilibrio geoestratégico de defensa.
Sobre el diagnóstico del asunto no hay demasiada discusión, al margen de identificar la auténtica o exagerada gravedad del problema. La controversia gira sobre las medidas que deben tomarse a fin de reforzar la seguridad de las democracias. Estamos, en consecuencia, ante el clásico conflicto político e ideológico acerca de la prevalencia de la libertad o la seguridad. Richard Clarke patrocina que lo segundo prime sobre lo primero. Funcionario de profesión y vocación, al fin y a la postre, lamenta que Internet siga sin tener control gubernamental, defiende sin reservas una mayor intervención y regulación del Gobierno sobre las empresas privadas, a las que habría, a su juicio, que imponer protocolos de seguridad y actuación, no importa su dimensión ni su coste. La Administración, por tanto, tendría bajo control no sólo las propias áreas públicas que la Constitución le reconoce, sino hasta las privadas, con derecho a actuar en su gestión. Todo ello, siempre, en nombre de la seguridad nacional.
La propuesta de Clarke de constituir un Cibermando, que regule y coordine el resto de organismos responsables de temas de seguridad, a las órdenes de un «ciberzar» (¿quién sería el designado para tal plenipotenciario ciberpuesto?) no ha tenido acogida en los gobiernos republicanos norteamericanos. Por lo que parece, incluso la actual administración demócrata, comandada por Barack Obama, advierte demasiadas intromisiones en el ámbito de la libre empresa, los derechos civiles y la privacidad como para admitir las advertencias del veterano de guerra (en la red). La prueba de que el autor no se ha rendido queda patente en el lanzamiento del presente volumen.
Ariodante
Marzo 2011











