“Cándido. Un sueño siciliano” de Leonardo Sciascia

Ahora que la actualidad política italiana es motivo de comentarios continuos y no, por cierto, muy positivos, puede que nos interese echar un vistazo a Sciascia, autor italiano, 1921-1989, siciliano concretamente, autor que escribe con picardía y sobriedad sobre la mafia y sobre la política de su país en general. Leer a Sciascia puede ayudar a entender ciertos mecanismos que de lejos parecen difíciles de comprender. Todo viene de atrás y modificar ciertos tics, es complicado. Como en todos los sitios.

Cándido nació en 1943, la misma noche en que Italia era liberada del Fascismo por los americanos. Hijo del abogado Munafò, éste pronto ve algo raro en él. Se le parece demasiado a un oficial americano- que nueve meses antes estaba lejos de Sicilia- con el que la madre Cándido, su esposa, flirtea. Pero Munafò no puede evitar ver el parecido. Toda una metáfora de la nueva Italia. Cándido no es más que la joven Italia democrática, pero no la que era, sino la que se pretendía que debería haber sido.

Su madre acabará yéndose a América con el oficial norteamericano. Ve a Cándido como un monstruo. Su padre suicidándose tras irse de la lengua Cándido inocentemente en su colegio, desenmascarando la ilícita actividad del abogado, palabras que humillarán a Munafò prefiriendo la muerte a seguir viviendo.

La tutela sobre Cándido recaerá sobre su abuelo. Fascista de pro – combatió en España con Franco- que ahora abraza la democracia cristiana. Todos cambian de camisa. Fascistas que se tornan democristianos, fascistas que se tornan socialdemócratas, y ya el colmo y no por ello menos generalizado, que se tornan comunistas. Sin problemas ningunos.

Nuestro “cándido protagonista” hará amistad con el arcipreste Lepanto, un joven clérigo que acabará abandonando la iglesia – cree imposible seguir creyendo- y se mete en otra congregación, la comunista. Ahora le acusan de mentir y blasfemar. Curioso dice, antes lo hacía y nada me decían, y ahora que ya no lo hago, de eso me acusan. Éste se asombra de la indiferencia de la población ante la sainetesca realidad, y de como nadie censura lo que a todas luces va en contra de lo proclamado en voz alta. Será porque todos hacen lo mismo y denunciar a alguien es autodenunciarse.

Cándido posee tierras, pero él sólo cree en el amor y en hacer bien a los demás. Es comunista y convencido – y ¡¡ el único!!-. Todos lo consideran un monstruo, un imbécil y cosas peores. Primero quiso dárselas a los hijos de sus campesinos, pero éstos le disuaden. Dárselas a nuestros hijos ahora emigrados, supondría que conforme las recibieran las venderían para volverse al norte. Nadie quiere quedarse en el sur de Italia, mucho menos a trabajar el campo. Luego quiso el candoroso propietario de las tierras donarlas al Partido. El partido comunista recibe su propuesta con recelo. ¿Es un reaccionario?¿Un idiota? Ni ellos creen en sus proclamas, lógico. Primero puede la mentalidad y luego, si la hay, la ideología. El secretario del Partido le dice que lo olvide, que todos pensarían que el Partido le ha robado a un tonto sus tierras. Además, aún recibiéndolas no funcionaría nada. El problema es que nadie se fía de nadie. Lo que es de todos y no es de nadie, no genera rendimiento pues todos dan por sentado que los otros, como ellos mismos, van a trabajar bien poco. Cándido será finalmente expulsado del partido. Él quiere ir más a la izquierda del Partido, pero le advierte el arcipreste: ir más allá de la izquierda supondría acabar…en la derecha!!

Finalmente para su suerte su familia quiere desposeerlo de sus tierras. ¿Tan difícil es en nuestros tiempos entender que alguien quiera donar lo que no necesita a quienes sí les puede venir bien?

Cándido finalmente huirá de su tierra, con el amor de su vida, a Francia, huyendo de una mentalidad nociva e imperecedera,  donde se reencontrará con su madre y el oficial norteamericano de casualidad. El azar es así de impredecible.  Tras los saludos de rigor, Cándido le corrupto espetará al americano: ¿Por qué antes de iros pusisteis al mando de mi ciudad a los ciudadanos más corruptos y mafiosos? La respuesta nos sirve de mucho: No conocía a esos individuos…, simplemente me dieron sus nombres en un pedazo de papel.

Grande Sciascia

Share

Deja un comentario


siete − = 4