Archivo por autor
Mi abuelo llegó esquiando. Daniel Katz. Libros del Asteroide
Un experto en urbanidad librera me diría que está muy feo eso de empezar una reseña hablando de mí, y no de la obra o del autor; pero este es mi pequeño espacio, así que las normas sufrirán pequeños desórdenes. Por algo escogí a Cosimo como ‘alter ego’.
Una cosa tengo en común con Daniel Katz: parte de nuestro árbol genealógico. Sus abuelos, judios finlandeses protagonistas de la novela, fueron coetáneos de mis bisabuelos, una rusa casada con un finés. Las historias de esta pareja que aún se cuentan en casa, que no por haber sido escuchadas decenas de veces dejan de fascinarnos como si fuese la primera, en esas reuniones familiares que sólo piden su dosis de recuerdos, tiene esa pátina delirante que baña las vidas de Benno y Wera en estas páginas que nos regala Acantilado, y que parece que escapan a nuestra realidad. Decir que mis bisabuelos, o la memoria que queda de ellos en casa, dan credibilidad a estas fantásticas vivencias que nos presenta en estas poco más de doscientas páginas. Además, yo me creo que Remedios, de Cien años de soledad, volaba. Igual me dejo seducir con demasiada facilidad.

Invito a leer esta novela a todo aquel que quiera asombrarse por una historia que le hará estallar en carcajadas durante las primeras cien páginas y que después, si bien mantiene ese tono agradable en el que una familia judeo-finesa busca su sitio en el rocambolesco juego inestable que ha sido la historia del país lapón, digamos que se pierde, o me perdí, la estructura, terminando de forma algo desconcertante.
Un periplo por los aconteceres de un país en el que a priori nunca pasa nada, pero rodeado de potencias y con curiosos devaneos nazis, de la mano de una familia disparatada a lo largo de tres generaciones, me reafirma en la opinión de que el pueblo judio es enormemente atractivo en el plano literario. Sentimiento de unidad que traspasa fronteras y activa algo así como un mecanismo genético de aislamiento.
Si la estupenda vida de Benno, el abuelo del título, no fuera suficiente para elegir esta novela entre las cientos que encontrareis en vuestra librería, Asteroide se ha encargado, como siempre, de presentarla de forma muy atractiva. También sabe seducir.
“La locura de Almayer” Joseph Conrad. Barataria
![images[8]](http://www.melibro.com/wp-content/uploads/2011/12/images8-69x98.jpg)
Un autor que consigue plasmar el sinsentido que empapa la vida del que está en el lugar que no le corresponde, y que lo hace de una forma descorazonadora, es Conrad.
Cuesta creer que ‘La locura de Almayer’ sea su primera novela, y no digo esto sólo por su calidad, sino por ser la continuación de su otra obra publicada también por Barataria, ‘Un paria de las Islas’. En el mismo escenario en el que nos dejó el capitán Lingard, el poblado a orillas del Pantai, se desarrolla la historia protagonizada esta vez por el segundo del capitán, Kaspar Almayer, que ha de convivir como único hombre blanco entre malayos y árabes. Sin contar ya con el dominio del comercio de la zona, Almayer sobrevive gracias al apoyo que le proporciona su hija Nina y a los delirios de grandeza que alimenta el sueño del oro con el que Lingard le envenenó. Un próspero hombre de negocios venido a menos, en un espacio, lo salvaje, que lo desarticula. Su agonía se acrecienta al perder sus únicas referencias plasmando la caída en desgracia de un hombre fuera de su mundo, mostrándose como un “enorme muñeco roto”.
Tampoco en la reseña de ‘Un paria de las Islas’ me extendí demasiado en lo que sería un resumen, y tampoco considero que tenga sentido hacerlo aquí. Si he de ser sincero, creo que el mejor Conrad está por llegar en sus novelas más tardías, pero eso no quita para poder recomendar esta obra sin miedo a equivocarme.
Puede parecer un tópico imperdonable recurrir a una conclusión como esta, pero la capacidad de sondear y plasmar la profundidad del sentir de los protagonistas me deja perplejo. Siendo las reacciones de Almayer y de Nina ante la muerte, a mi modo de ver, uno de los puntos álgidos de la novela.
Y otra vez vemos que Conrad es un hombre de mar, y no lo digo porque al pasar las páginas nos llegue el olor a sal. Más bien el mar como punto de escape, de fuga, como sinónimo de liberación, luminosidad y de calma real frente a lo siniestro, a lo oscuro e insalubre, prisma desde el que nos muestra la jungla.
Esa inaccesibilidad al hábitat que no es propio es la misma barrera que limita al mundo occidental-colonial, del salvaje. La puerta de la locura.
Conrad la abre y te permite contemplar con vértigo.

“Un paria de las Islas” Joseph Conrad. Barataria
Pido disculpas ya en la primera línea al que espere una sinopsis de la novela. Me temo que aquí no la encontrará.
Hace tiempo que no leía a Conrad y ha vuelto para dejarme de nuevo sin aliento. “Un paria de las Islas” es una de sus primeras novelas, quizás no tan brillante como “El corazón de las tinieblas”, “El agente secreto” o “La línea de sombra”, pero sí con esa afiladísima capacidad de sondear la naturaleza humana que convierte sus descripciones psicológicas en obras de relojería. Y cómo no, por el azote al que somete a esa superioridad moral en la que siempre se posicionó el Viejo Mundo, pero en particular la Gran Bretaña abanderada del puzzle imperialista decimonónico. Conrad es uno de esos autores que estuvo allí para contarlo, no sólo en esta novela, sino en toda su obra.
La trama se enmarca en un pequeño poblado-puerto fluvial situado en la desembocadura de un río en las costas malayas, en la que dos bandos se disputarán el control de las mercancías venidas de río arriba. En esas disputas entre el hombre blanco y la alianza árabe-malaya, asistiremos a la puesta en escena de todo tipo de traiciones, del amor en estado puro, del rechazo frío, de odios viscerales, de lealtades nobles o la soledad más intensa. Una narración que va cogiéndose poco a poco y que antes de convertirse en una novela de aventuras se transforma en una obra casi de intriga. Y no una intriga que se defina por los entresijos de la historia, sino por la importancia que a mi parecer tiene el trato del “otro”, el no-blanco, protagonista de gran parte de bibliografía. Una disputa entre un bando al que podemos no respaldar pero que entendemos en esencia, y otro que actúa a espaldas de nuestra lógica, casi infectado por el espíritu de la selva, de lo incognoscible. “No era la muerte lo que lo aterraba: era el horror y el desconcierto de no saber nada de ninguno de los que lo rodeaban, de no poder orientarse, controlar, comprender nada de nadie” (p. 155)
Conrad es capaz de ponernos en la encrucijada, en el borde del abismo que representa lo desconocido, tanto si es la barrera inaccesible e inhóspita de la jungla como si es el misterio que esconde el “otro”, el que no es como nosotros, el que posee una cosmovisión situada en la antípodas de la occidental. Y parece que él sea el único capaz de superar esa barrera, definir y plasmar ambos campos como si en cada uno de ellos fuera autóctono.
Quizás no logre explicarme y empecéis a echar de menos un resumen como los de toda la vida, pero creo que los detalles de la historia pasan a un segundo plano cuando me doy cuenta de que esta lectura me cautiva y juega conmigo a su antojo como creo ya lo hizo cuando se publicaron por primera vez sus novelas en una Inglaterra que se erigía como el centro del planeta y desde su prisma juzgaba el mundo. Una Justicia que Conrad pone en tela de juicio y la convierte en eje de diálogos memorables: “…los blancos lo han tomado todo: la tierra, el mar y el poder de atacar, y no hay nada para nosotros en las islas, excepto la justicia de los hombres blancos” (p.230) Una noción de justicia que al igual que el hombre blanco que cuando quiere trasladar su forma de vida fuera de su entorno casi raya la locura, así la justicia como concepto a priori inmutable, también evoluciona hacia nociones extrañas.
Casi todos los personajes ya aparecían en una obra anterior, La locura de Almayer, y aunque no recuerdo si lo hacía Willems, el paria del título, me gustaría destacar al capitán Lingard. Marinero de raza, respetado por amigos y enemigos, noble. Un personaje clásico. Conrad fue marino antes que escritor, y eso se nota en el trato que da al mar y a sus hombres: “El mar, tal vez debido a su salinidad, endurece por fuera, pero conserva la dulzura en el núcleo del alma de los que lo sirven” (p.20). ¡Ahí queda eso!
Sinceramente, no he leído mejores fragmentos dedicados al mar que de la mano de autores como Conrad , Melville, Stevenson,… Frases como la anterior sólo puedo compararla con algunos pasajes de Moby Dick, cuyo primer párrafo sería lo único que atrevería a tatuarme.
Desde aquí me gustaría darle las gracias a Barataria al apostar por este tipo de novelas.
“Una noche con Claire” Gaito Gazdanov. Editorial Nevsky Prospects
Una manía de la que no consigo liberarme es la de buscar referentes o similitudes entre el libro que estoy leyendo y otros que hayan caído en mis manos. Busco nexos en común con otros autores de la misma nacionalidad y rastreo la idiosincrasia de un origen entre las líneas. Es algo en cierta medida criticable, ya que condiciono demasiado la lectura, pero lo reconozco, me gusta hacerlo.
Supongo que puedo decir que Gazdánov jugó conmigo durante bastantes páginas, y sólo tras conocer algo de su vida conseguí aclararme.
La novela se articula en dos partes muy diferenciadas, una muy breve que discurre en el París de los años veinte, y otra en la que se lleva a cabo una retrospectiva de la vida de Kolia, el protagonista, antes de su llegada a la capital francesa, y que imagino tendrá muchos componentes autobiográficos.
Personalmente disfruté mucho más con la segunda, ya que en un primer momento nos enfrentamos a una relación entre dos personajes que me recordó, sobre todo él, a ciertos protagonistas de obras de Flaubert o André Maurois, que nunca me parecieron atractivos, incluso llegaban a ponerme nervioso. Pero lo que realmente me sorprendió fue el tener la impresión en todo momento de que escribía un francés. No descubro el Mediterráneo afirmando que Rusia estuvo fuertemente influenciada por el modo de vida francés a lo largo del siglo XIX, pero conociendo que Gazdánov vivió en París desde muy joven, entendí mi desconcierto.
Conforme vamos avanzando, la obra va ganado en interés. Brillante en el estilo e interesantísima en el contenido, aunque también entiendo que podría serlo más, ya que asistimos a un período trepidante de la historia de Rusia vista a través de los ojos de un niño hasta que se convierte en poco más que un adolescente. Y todo ello desde una perspectiva francamente extraña, pues nuestro protagonista se presenta como alguien al que los acontecimientos parece que le preocupen poco, que educado bajo los parámetros del pasado se aísla del mundo que le rodea. Se considera como poseedor de “un secreto que desconocían los demás”, que a la vez que lo hace único, le restaba importancia a lo otro.
El primer encuentro con Claire y su peculiar relación marcarán el devenir de una novela que aun haciendo especial hincapié en las sensaciones de Kolia, llegando en muchas ocasiones a la belleza poética, pasa de puntillas sobre lo que fueron los últimos coletazos de la Rusia zarista y los episodios de la Revolución. Desde una visión escéptica los comunistas se presentan en la figura de dos panfleto-revolucionarios ignorantes, cargando este pasaje de una fuerte dosis de ironía. El desdén y el alejamiento intelectual es remarcado casi con visceralidad. En contraposición, y en un tono no sólo más serio sino formando parte de uno de los episodios más bonitos de la obra , existe un acercamiento hacia el lado revolucionario de la mano del personaje más interesante, su tío Vitali, con el que mantiene una serie de conversaciones realmente crudas y sinceras en las que vislumbramos el final de una época. El fuerte escepticismo que inunda la novela, que esta vez sí recuerda a otros autores rusos, adquiere en estas secuencias especial relevancia.
Los últimos capítulos nos sumergen en la guerra civil del 19 entre el ejército rojo y el blanco. Y aunque desde una perspectiva algo más que distante, de alguien que parece que más que hacer la guerra únicamente pasó por allí, me parecen los más destacables. Kolia, como también el mismo autor , luchará con los ‘blancos’, sin saber por qué lo hace, “porque me encontraba en su territorio”. Un ejército sin romanticismo bélico, como dirá el tío Vitali, “un ejército pequeño burgués de pseudointelectuales”. Como mero espectador, Kolia nos ofrece pinceladas de los sucesos de una guerra de la que sólo había leído en una obra de Bulgakov, La guardia blanca.
Solamente añadir que mis conjeturas sobre el estilo han de tomarse como meras impresiones, no como una muestra de pedantería. Nada más lejos.
Decir también que tras terminar el libro me pregunté cómo nunca antes había tenido noticias de un escritor como Gaito Gazdánov. Doy las gracias a la editorial Nevsky por cubrir esta falta en las librerías.

“La historia del amor” Nicole Krauss
Recomendé “La historia del amor” por error, me confundí. Algo que no dice mucho de un librero, pero sí lo hace de las casualidades. Decidí leerlo, y si no me gustaba, confesaría la equivocación. No está bien aconsejar malos libros. Lo abrí pensando que, con ese título y esa cubierta, me esperaban casi 300 páginas de novela-pastel. Por lo menos no era tan larga.
Ahora barajo poner el nombre de la protagonista si alguna vez tengo una hija. Alma.
A través de varios personajes se hilvanan tres historias, todas ellas con un elemento en común: un libro. Un libro que viaja, desaparece, se vende, se compra, se descubre, se traduce, se olvida, se recobra, se memoriza, conquista, y en definitiva, acumula vida.
Esperando que el destino cumpla su parte, pasamos páginas viendo cómo los protagonistas despliegan sus armas para luchar contra la soledad que domina sus vidas, narrado con una delicadeza exquisita. Para ello, la autora nos sumerge en sus pasados sazonando cada línea de un encantador tono intimista y acogedor.
Aunque parezca contradictorio, esta es la razón por la que entiendo a aquellos a los que no les ha gustado la obra, ya que el estilo sutil y tierno puede hacer pensar que es un recurso fácil para reblandecernos, tópicos que ya hemos visto otras veces.
Pero en mi opinión, Nicole Krauss consigue una novela preciosa en la que se va desgranado la trama de una manera elegante, tranquila y nada pretenciosa. Y articulada en una estructura curiosa y compleja que consiguió sorprenderme.
Concluyo diciendo que me ha emocionado, entretenido y me ha hecho reflexionar. Todo lo que le pido a una novela.
¿QUIERES COMPRARLO? ¡ HAZLO AQUÍ !
“Los inquilinos de Moonbloom” de Edward Lewis Wallant
Hace varias semanas que leí Los inquilinos de Moonbloom y aun no he conseguido quitarme de encima la atmósfera que teje y envuelve una de esas historias que hacen sentirte afortunado por haber dado con ella.
Norman Moonbloom, de treinta y pico años, entra en el mercado laboral como administrador de varios edificios de su hermano mayor, no más que un eufemismo para designar su verdadero cargo, el de cobrador de alquileres de unos apartamentos que en su mayoría están faltos de urgentes mejoras.
Tras una vida dedicada al estudio, casi como quien colecciona carreras universitarias, da la bienvenida a la vida adulta dedicándose a aquello para lo que su preparación se vuelve inútil. Poca cosa físicamente y vistiendo tallas exageradamente grandes para su escuálido porte, realiza visitas diarias a un elenco de personajes sólo posibles, probablemente, en la fauna neoyorquina; protagonistas y ambientes de toda clase se suceden en un curioso peregrinar por casas extrañas. Con el único objeto de cobrar unos alquileres, no consigue dejar de mostrarse a los ojos de sus inquilinos como el tipo agradable y accesible con el que compartir tanto sus preocupaciones cotidianas como sus quejas por los desperfectos de sus destartaladas viviendas.
Sabiéndose incapaz de forjar una coraza de frialdad y desinterés hacia esas demandas, consciente de su insípida juventud y de lo monótona e insidiosa vida recaudatoria, Moonbloom, como tantos otros personajes literarios, sufrirá su peculiar metamorfosis. Henchido de energía y escudado por otros no menos peculiares individuos, dirigirá sus pasos hacia el único fin al que su existencia podía devenir: llevar a cabo pequeños actos que hagan de su mundo, del mundo, algo mejor.
Lejos de cursilerías, la novela se resuelve como una demostración heroica de altruismo que choca tanto con el agradecimiento o la apatía, como con el desdén, la incredulidad y la crítica. Y parece que todo da igual cuando esa gigantesca maquinaria del anonimato que es Nueva York borra tus huella. Para Norman Moombloom, inasequible al desaliento, no.
No pretendo ser pretencioso, ni llevo muy bien eso de reseñar con ojo crítico, pero sólo puedo decir que me ha parecido una novela magnífica, estupenda, a la que llegué por su fachada -me gusta como edita Asteroide- y que sé volveré a leer y regalar.
En un momento dado, Norman nos dice que no puede quejarse de haber vivido horror alguno, tan sólo “un lento ensancharse de la sensibilidad”. Su existencia consistirá en tratar de vivir a la altura de ese sentimiento.
ShareCapitán Conan de Roger Vercel
Hace años vi la película de Bernard Tavernier basada en la novela de Roger Vercel y salí del cine encantado, tanto con la historia como con las escenas de guerra. Y hace tan sólo unos días la leí. Puede que la fascinación que siento por la Primera Guerra Mundial y el período de entreguerras hagan de mí su perfecto lector, pero aun así considero que es una obra magnífica, y que merece la pena dejar unas líneas por si pudiesen animar a alguien a su lectura.
Vercel narra lo que vivieron los soldados franceses los meses posteriores a la firma del armisticio en el frente rumano y en el búlgaro, con constantes alegatos pacifistas en las numerosas críticas a la sin razón de la idiosincrasia del mundo del ejército y su mayor expresión, la guerra. Es cierto que no es una novedad en este género, como tampoco lo es el tema central que articula la obra, la toma de contacto con un mundo en tregua pero destrozado.
Nos presenta tres tipos de personajes, los civiles uniformados de militares para la ocasión, clase a la que pertenece el teniente Norbert, narrador de la historia; los militares de carrera, nacidos para servir en el ejército; y una clase de hombres disfrazados de civiles en tiempo de paz, auténticos guerreros. Con la llegada de la Paz cada uno buscará su sitio con mayor o menor fortuna, y es en este punto donde la novela es exquisita, ya que muestra una especial sensibilidad para aquello que espera a cada uno de los que pasaron años enterrados en trincheras. La desorientación del que queda en tierra de nadie, sin saber quién es, ni para lo que vale. El teniente Conan, que ascenderá a capitán, es el prototipo de esa tercera clase de hombres, la menos numerosa pero la más efectiva, la que ganó la guerra casi exclusivamente por conseguir contagiar en el enemigo el peor de los sentimientos, el miedo absoluto. Una clase de soldado que jamás podrá reintegrarse en un mundo nuevo que un día exigió de ellos la deshumanización. La amistad de Norbert y Conan, casi imposible fuera de la vida militar, presenta esa dualidad tan atrayente entre racionalidad e instinto animal, y aun siendo caracterizados casi con mayúsculas nunca dan la sensación de ser personajes exagerados para el propósito del autor.
La maravillosa novela de Remarque, Sin novedad en el frente, tiene una segunda parte muy poco conocida, Después, que muestra la desubicación de los soldados al terminar la guerra pero desde el otro bando, el de los vencidos. En mi opinión, no puede compararse a lo que consigue Capitán Conan, pero aun así transmite ese espíritu desolado que acompañó a la generación que, aun mutilada, debía rehacer los destrozos y que terminó siendo ingrediente esencial en el caldo de cultivo en el que se gestaría el nazismo.
Tan sólo decir que en estos años en los que tanto la narrativa como el ensayo bélico
están en constante alza, casi tanto como el “thriller histórico”, es justo no olvidar este tipo de novelas.
![images[2]](http://www.melibro.com/wp-content/uploads/2010/01/images2-69x104.jpg)
“Un viejo que leía novelas de amor” de Luis Sepúlveda
Breve, muy breve, pero preciosa novela. Teñida de ese no sé qué aire “garciamarqueño”, el autor nos sitúa en El Idilio, un pequeño poblado de la selva ecuatoriana, habitado básicamente por colonos y buscadores de oro.
Antonio José Bolívar es el viejo que se anuncia en el título, tranquilo y sabio, conocedor de la esencia y los ritmos del bosque, y al que en la vejez le asaltó la pasión por los libros de amor, “con gentes que se aman de veras” y con los que llorar a mares. Libros que le proporciona periódicamente Rubicundo Loachamín, un anarco-dentista, tan enemigo del Estado como de la anestesia.
La trama narra la cacería de una “tigrilla” enloquecida por la muerte injustificada de su prole, que pone en jaque a los habitantes de la zona. Pero es un ataque indiscriminado sin otro motivo que la venganza, la venganza universal hacia el hombre invasor, irrespetuoso con el frágil equilibrio de la naturaleza y conductor infatigable de la desoladora maquinaria del progreso. El protagonista, que convivió en su juventud con una de las tribus de la zona y que tras separarse de ellos nunca más encontrará su lugar en la pretendida civilización, se verá obligado a encabezar la partida que deberá reducir a la bestia.
Suele decirse de esta novela que es un canto al ecologismo, y casi podríamos añadir que es un recordatorio de cúal es nuestro sitio en el mundo, y que es posible que el hombre no corrompa sistemáticamente todo cuanto toca.
No parece demasiado aventurado apuntar que detrás de la denuncia de esa incapacidad manifiesta del “hombre blanco” para entender la idiosincrasia de la selva, podemos reconocer, salvando las distancias, aquel drama en que se convierte la vida de los protagonistas de Una avanzada del progreso, de Joseph Conrad. La localización geográfica poco importa cuando se trata de plasmar nuestras debilidades.
Tan sólo decir que animo a todo el mundo a leer esta estupenda novela.
Share“Miedo y asco en Las Vegas. Un viaje salvaje al corazón del Sueño Americano” de Hunter S. Thompson
Un periodista y un delirante abogado samoano emprenden, en un flamante Tiburón rojo, un viaje por el desierto desde Los Angeles a Las Vegas para cubrir una enloquecida carrera de motos.
Este es el punto de partida de una novela que como mínimo, asombra. Padre del “periodismo Gonzo“, en el que el cronista se convierte en protagonista de su propia crónica, Hunter S. Thompson narra la llegada a una ciudad tan frívola como absurda, sólo digerible con una dieta elevada en ácidos, otros estupefacientes, y en general todo aquello que sea ilegal. En un estado de enajenación permanente irán sorteando situaciones esperpénticas, haciendo de la música amplificada, las drogas, una Magnum y los coches descapotables sus compañeros en un viaje hacia algo tan difuso como el Sueño Americano. Peregrinación que se hace obligatoria después de que las revoluciones contra-culturales de años atrás hayan devenido en nada.
Como podría decir ese curioso hombre de leyes, único capaz de mantener el ritmo del protagonista: “como abogado tuyo te aconsejo” que leas este libro.
“El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, de Oliver Sacks
Con la descripción y el análisis de numerosos casos con los que se ha encontrado a lo largo de su carrera, cada cual más enigmático y descorazonador, Sacks pretende proporcionar las pautas de lo que considera una necesaria renovación de la neurología, y ya desde la primera página nos brinda la clave para entender su método: “me siento a la vez médico y naturalista; y me interesa en el mismo grado las enfermedades y las personas“. En su labor de médico, detectivesca y rastreadora, nunca analizará la enfermedad como algo aislado e independiente del paciente; y alejándose de la medicina tradicional, en la que el concepto de historial clínico deja a un lado al propio individuo que convive con la enfermedad, critica abiertamente esa carencia de la que adolece, con la intención de llevar a cabo un giro copernicano que sitúe al individuo, al sujeto, en el centro de la investigación. Rescatarlo del aislamiento que conlleva una medicina aséptica e impersonal y así recuperar valores médicos que la frialdad del siglo XX ha desechado como improcedentes, como algo de escasa relevancia para la nueva era de la pulcritud estadística.
Con esta premisa, narrará los casos de pacientes, casi todos con lesiones en el hemisferio derecho del cerebro, el más ‘primitivo’, con trastornos de todo tipo. Perder la noción de “izquierda”, dejar de tener certeza de tu propio cuerpo, ser incapaz de recordar, etc., son sólo unos ejemplos, pero aquellos que los padecen se ven en la necesidad de construir una visión del mundo tan particular como aterradora.
En cada una de las historias que expone, no deja de asombrar el grado de implicación y complicidad que demuestra, posicionándose siempre con una actitud realista en la que no regala falsas esperanzas, pero haciendo gala en la misma medida de un envidiable optimismo en la consecución de mejoras palpables.
Creo que es un libro que realmente merece la pena, accesible para cualquier lector, que nos acerca a situaciones que van más allá de lo que, al menos, mi imaginación puede alcanzar.
Share




