Archivo por autor
Reseña del poemario “Con el alma en el bolsillo” de Alejandro Herrera Parra
“Y yo camino como siempre
sin sendero establecido,
sólo aquel que el azar
me prodiga a cada aliento”
Alejandro Herrera es un “flâneur”, un deambulador. Pocas cosas más poéticas que la errancia, el paseo distraído, sin rumbo fijo ni lugar de destino. La contemplación asistemática de lugares, gentes, circunstancias, dejando vagar el pensamiento es un ejercicio casi místico. El flujo constante de la realidad impresiona a nuestros sentidos y dicta un ritmo a nuestra consciencia, próximo al extravío lúcido y al arrobamiento.
La Sorbona, Notre-Dame, Montparnasse, las Tullerías, el Río Sena, Montmartre, la librería Shakespeare & Co., lugares míticos de un París no menos mítico son los que desfilan ante la mirada deseante de Alejandro, hasta provocarle algo próximo al conocido “Síndrome de Stendhal” (“tanta belleza e historia me abruman / un delicioso vértigo me acosa / a cada latido y parpadeo”).
París, la tan deseada, acaba enamorando al poeta (“tengo una nueva amada: / la llaman París”). Pero Alejandro no está en París para morir allí con aguacero, como hizo su admirado Vallejo. Debe regresar al lugar en que ha decidido forjar su “andamio de vida y muerte”. Regresa triste pero lleno con una obra que le sirve para fijar y preservar en la memoria todo lo que ha visto y vivido en su amada París. A partir de ahora la nostalgia teñida del ocre otoñal parisino será la parte más viva de su recuerdo y también la más profunda y personal (“la poesía es siempre individual / y siempre escurre hacia adentro”).
En cierta manera estos poemas me recuerdan a las crónicas que Dickens (gran viajero y paseante sin rumbo fijo) escribía en un semanario y que luego han sido recopiladas y tituladas “El viajero sin propósito”. Hay cosas que sólo se entienden caminando. En ese estado de ánimo que Robert Walser, ese gran caminante, llamaba “romántico-extravagante”. Ir a pie es algo sencillo, hermoso y antiguo. Según Thoureau, el caminante errante es una especie de cuarto poder al margen de la iglesia, el estado y el pueblo.
Creo que Alejandro pertenece a la estirpe de caminantes que hablan el lenguaje de los pasos perdidos, de los pasos que irremediablemente nos devuelven a casa, como a todos los peregrinos.
Share“Las tablas curvas” de Yves Bonnefoy
Antoine de Compagnon en su estupendo libro “¿Para qué sirve la literatura?” – por cierto, comentado por mi compañero Montag en esta misma web – dice: “Yves Bonnefoy fundamenta su obra sobre el rechazo del lenguaje conceptual: antiplatonismo que aspira a desbaratar cualquier sistema filosófico para consagrar la poesía a la búsqueda de la presencia auténtica”. Creo que Compagnon da en el clavo y en “Las tablas curvas” más que en ningún otro libro de Bonnefoy esto es evidente. Frente a un cierto pesimismo lingüístico-filosófico devenido al constatar las limitaciones del lenguaje y la insuficiencia de la filosofía se puede optar entonces por el silencio contemplativo o por la poesía. Menos mal que Bonnefoy optó por lo segundo, consiguiendo reunir en sus poemas todo lo que habitualmente separan las palabras. Dice Yves que el poeta va “más allá casi de las palabras / con un poco de luz sólo” certificando que “las palabras se callan / su sonido es ya sólo un ruido / y el ruido cesa”. Puede parecer paradójico usar las palabras para expresar algo que está más allá de ellas, pero esta es la grandeza de la poesía, que permite pasar a la otra orilla, aunque allí nos deja solos pero ya no importa porque estamos en casa. Adiós.
Casanova.
“La literatura como Bluff” de Julien Graq
En 1949 Gracq estrenó en el teatro Montparnasse su obra “Le roi pêcheur”. La crítica fue muy desfavorable y atacó dura e irónicamente su texto. A esto respondió Gracq con el afilado panfleto “La litterature a l´estomaque” – traducido al castellano como “La literatura como bluff” – desde donde arremetió contra el mundo literario francés, la crítica, los premios, el mal gusto en la literatura, etc. Este escrito es una daga y fue lanzado con rabia, pero no deja de ser un emocionado manifiesto estético por una literatura que moría y sigue muriendo. En su lucha por la libertad y la independencia literaria critica la presión mediática que trata de transformar lo cuantitativo (ventas, firmas, premios, reseñas…) en calidad. Desvela las mil formas que tiene el escritor de mostrarse a sí mismo ocultando su obra, convirtiéndose así en ídolo de los que no leen (el escritor no existe para que lo lean, sino para que hablen de él). Declara la incapacidad de los críticos para mostrarse como “intermediarios elocuentes” entre el autor y los lectores. Denuncia la pasividad acrítica del ocioso lector que busca ser entretenido y convierte a sus proveedores literarios en auténticos matarratos. Para Gracq la literatura “es un aluvión enigmático tamizado por los siglos” y el escritor un pensamiento en busca de forma y tono, que va a lo que le obsesiona de verdad que es causar en su lector “esa sensación de viento en las sienes durante la cual el corazón vacila”. El resto de escribidores sólo serían “unos jockeys del gran premio montados en babosas”. Adiós.
“La literatura en peligro” de Tzvetan Todorov
Yo también, como Tzvetan Todorov “con el paso del tiempo me doy cuenta con cierta sorpresa de que no todo el mundo es consciente de que la literatura tenga el importante papel que yo le concedo”. Unos consideran que la literatura debe ser dulce et útile y buscan sermones y moralinas en ella. Otros la degradan hasta convertirla en un simple placer lúdico. Otros la consideran un contra-poder, un arma ideológica al servicio de las más diversas causas. Hay quienes piensan también que debe ser una creación bella destinada únicamente al goce estético – el arte por el arte. Son todas concepciones absurdamente limitadas de la literatura y su papel, que se han ido sucediendo en el tiempo determinadas por diferentes contextos sociales, políticos, históricos y artísticos. Pese a los formalistas, los nihilistas y los solipsistas la literatura mantiene una relación significativa con el mundo, participa de su conocimiento, trata de revelar sus leyes secretas. No persigue verdades formales o científicas sino existenciales, expresadas según Baudelaire en “una lengua más simple y luminosa”. El objetivo final sería una mayor comprensión del hombre y del mundo, una mayor sabiduría. Adiós.
Casanova.
Share“El Jardín” de César Simón
Según Nabokov no leemos con el corazón, ni siquiera con el cerebro, leemos con la columna vertebral. Es allí donde sentimos el hormigueo de la alta literatura. Es allí donde yo noto un erizamiento cuando leo poemas de César Simón. Es allí donde se reúnen mis nervios convocados por la voz de este hombre asomado constantemente al misterio y a lo sagrado anterior a dios. Simón es un ingeniero de la conciencia abismado en su propio crepúsculo, practicante de un zen mediterráneo de mecedora, grillos y habitación vacía está siempre a la espera de que – parafraseando a Sebald – “algo centellee por entre un tejido ajado”. César adelgaza los versos hasta casi convertirlos en el silencio, ese silencio que es la auténtica música de la nada, esa nada que somos, esa nada de la que venimos, esa nada a la que vamos. César habita en la estrecha franja de conexión entre el mundo escrito y el no escrito y su consejo para los que quieran visitarle es: “no busquéis nombre alguno, mirad lejos, callad, bebed el agua de la fuente en silencio y nada más”. Adiós.
“La palabra en el archipiélago” de René Char
“Poesía y verdad son sinónimos” decía Char. Y tengo que confesar que no me canso de comprobar esta equivalencia en cada uno de sus poemas. Descubrí a Char con este libro justo en el momento en que buscaba la verdad en la poesía y encontraba lo poética que puede ser la verdad más sencilla. Cuestión aparte sería preguntarnos ¿qué es la verdad? o ¿qué es la poesía?. La respuesta a estos interrogantes la dejo para filósofos, críticos literarios y tertulianos, yo tan sólo soy un lector, alguien que trata de convertir en carne propia aquello que lee. Exsurrealista, expartisano, este hombre comprometido con lo humano y fiel a la tierra confesaba que sólo le obsesionaba la vida y el estremecimiento de sentirse vivo entre heridas antiguas y avisos de muerte sin resurrección. ¡Cuidado lector! Estos poemas te retorcerán el brazo hasta que vivas o mejores tu muerte. Avez vous lu Char? Yo sí. Adiós.
“Si una mañana de verano un niño” de Roberto Cotroneo
Para Maite, emperatriz de la tachuela, musa de poleros, lo más parecido a un hada que conozco, capaz de sacarse un arco iris del cuerpo mientras bebe limonada “La Pitusa” eructando sin parar.
Si una mañana de verano tu hijo, ese tierno transgresor de turgentes mofletes, recién levantado entra en tu estudio provisto de un libro ilustrado con historias de una mariquita, deja lo que estés haciendo y escucha con atención, te va a contar un secreto: los niños, las mariquitas y los libros no necesitan al mundo, es el mundo el que los necesita a ellos, es el mundo el que se apaga cuando un niño crece hasta desaparecer en un adulto que piensa que las mariquitas son coleópteros devoradores de pulgones. Es urgente reencantar al mundo, abrirle ventanas hacia la magia. Para ello necesitamos reclutar seres alados y ultramarinos que manejen las esdrújulas como si fueran claveles reventones y sepan describir un hipogrifo sin pestañear. Todos conocemos alguno de estos seres, saltemos sobre ellos, son mejores que la luz y el algodón de azúcar. Adiós.
“Postpoesía”, de Agustín Fernández Mallo
Si Ferrán Adriá es capaz de deconstruir una tortilla de patatas sin apenas haber leído a Jacques Derrida ¿por qué razón los poetas españoles – seres cultos y leídos – no pueden hacer lo mismo con sus creaciones?. La condición sacerdotal y chamánica del poeta unida a una sobredosis de lírica tradicional puede alterar y obturar las conexiones del poeta con la realidad y producir una desincronización con su tiempo. La escasa permeabilidad del micromundo poético a las nuevas ideas provenientes de los distintos campos del conocimiento está provocando la muerte de la poesía por endogamia aguda y colapso incestuoso (“cualquier sistema aislado que no intercambia materia, energía o información con el exterior tiende a una homogeneización y una desorganización progresiva”). Mientras lo poético se vuelve cada vez más complejo la poesía se encapsula en fórmulas, dogmas, mitos y ritos excluyentes e inmóviles. La postpoesía, lejos de proponer una teoría o un método es simplemente una actitud, un espíritu, una forma de abordar la artesanía poética. El espíritu de fondo es pragmático, desacralizador y experimental. Propone matar a los autores, cruzar las diversas sintaxis y elaborar enormes listas con materiales provenientes de cualquier campo interesante (artes, ciencias, tecnologías…) a los cuales haremos colisionar y entrechocar. El objetivo: conseguir metáforas inéditas y verosímiles, artefactos poéticos mestizos pero eficaces. En un mundo de redes complejas y porosas la postpoesía también lo es. Una red abierta, rizomática, autoorganizada, alejada continuamente del equilibrio; en definitiva, una red expansiva, viva y vivificadora. Melibro.com recomienda la lectura atenta de este brillante ensayo de Fernández Mallo a los mantenedores de la sagrada llama poética y a sus voceros y les manda un mensaje: los altares también sirven para comer, copular y apoyar el microscopio. ¡Hay vida más allá del ombligo! Adiós.
Poesía
A petición popular melibro.com estrena página de poesía. Somos conscientes de que corren malos tiempos para la lírica, como siempre. Que las musas y los paladines de la crítica nos pillen confesados. Amén
¿Y TÚ ME LO PREGUNTAS?
La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio, la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia. Sublimación, compensación, condensación del inconsciente. Expresión histórica de razas, naciones, clases. Niega a la historia: en su seno se resuelven todos los conflictos objetivos y el hombre adquiere al fin conciencia de ser algo más que tránsito. Experiencia, sentimiento, emoción, intuición, pensamiento no-dirigido. Hija del azar; fruto del cálculo. Arte de hablar en una forma superior; lenguaje primitivo. Obediencia a las reglas; creación de otras. Imitación de los antiguos, copia de lo real, copia de una copia de la idea. Locura, éxtasis, logos. Regreso a la infancia, coito, nostalgia del paraíso, del infierno, del limbo. Juego, trabajo, actividad ascética, confesión. Experiencia innata. Visión, música, símbolo. Analogía: el poema es un caracol en donde resuena la música del mundo y metros y rimas no son sino correspondencias, ecos, de la armonía universal. Enseñanza, moral, ejemplo, revelación, danza, diálogo, monólogo. Voz del pueblo, lengua de los escogidos, palabra del solitario. Pura e impura, sagrada y maldita, popular y minoritaria, colectiva y personal, desnuda y vestida, hablada, pintada, escrita, ostenta todos los rostros pero hay quien afirma que no posee ninguno: el poema es una careta que oculta el vacío, ¡prueba hermosa de la superflua grandeza de toda obra humana”. (Octavio Paz)
Como se puede deducir del texto anterior hay tantas poéticas como poetas y hay tantas poéticas en cada poeta como fases tiene su ser y la única forma de ser es siendo, es decir, estando donde pasan las cosas más extrañas, vagando por territorios ricos en hallazgos, alternando con musas esquivas y “doblemente armadas”, braceando olímpicamente en aguas abiertas y caóticas y después de haber mantenido relaciones promiscuas, audaces y excesivas con la vida y engendrado bastardos magníficos irse con el alma ligeramente triste y la marca de los bravos en la frente. Adiós.






